VENÍA, á Veces, flaco y anhelante, á la casa del huerto. El pobre andaba siempre huido, acostumbrado á los gritos y á las pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba otra vez, en él sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El pobre perro, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizás, daba largas razones no sabía á quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban más reciamente en el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo de oro, sobre el perro muerto.

XXVIII
TORMENTA

MIEDO. Aliento contenido. Sudor frío. El terrible cielo bajo ahoga el amanecer. (No hay por dónde escapar.) Silencio... El amor se para. Tiembla la culpa. El remordimiento cierra los ojos. Más silencio...

El trueno, sordo, retumbante, interminable, como una enorme carga de piedra que cayera del cenit al pueblo, recorre, largamente, la mañana desierta. (No hay por dónde huir.) Todo lo débil—flores, pájaros—, desaparece de la vida.

Tímido, el espanto mira; por la ventana entreabierta á Dios, que se alumbra trágicamente. Allá en oriente, entre desgarrones de nubes, se ven malvas y rosas tristes, sucios, fríos, que no pueden vencer la negrura.

¡Angelus! Un Angelus duro y abandonado, solloza entre el tronido. ¿El último Angelus del mundo? Y se quiere que la campana acabe pronto, ó que suene más, mucho más, que ahogue la tormenta. Y se va de un lado á otro, y se implora, y no se sabe lo que se quiere...

(No hay por dónde escapar.) Los corazones están yertos. Los niños lloran...

—¿Qué será de Platero, tan solo allá en la indefensa cuadra del corral?