XXIX
PASAN LOS PATOS
HE ido á darle agua á Platero. En la noche serena, toda de nubes blancas y de estrellas, se oye, allá arriba, desde el silencio del corral, un incesante pasar de claros silbidos.
Son los patos. Van tierra adentro, huyendo de la tempestad marina. De vez en cuando, como si nosotros hubiéramos ascendido ó como si ellos hubiesen bajado, se escuchan los ruidos más leves de sus alas, de sus picos...
Horas y horas, los silbidos seguirán pasando, en un huir interminable.
Platero, de vez en cuando, deja de beber y levanta, como yo, la cabeza á las estrellas, con una blanda nostalgia infinita...
XXX
SIESTA
QUÉ triste belleza, amarilla y descolorida, la del sol de la tarde, cuando me despierto bajo la higuera!
Una brisa seca, embalsamada de derretida jara, me acaricia el sudoroso despertar. Las grandes hojas, levemente movidas, del blando árbol viejo, me enlutan ó me deslumbran. Parece que me mecieran suavemente en una cuna que fuese del sol á la sombra, de la sombra al sol.
Lejos, en el pueblo desierto, las campanas de las tres sueñan las vísperas, tras el oleaje de cristal del aire. Oyéndolas, Platero, que me ha robado una gran sandía de dulce escarcha grana, de pie, inmóvil, me mira con sus enormes ojos vacilantes.