Frente á sus ojos cansados, mis ojos se me cansan otra vez... Torna la brisa, cual una mariposa que quisiera volar y á la que, de pronto, se le doblaran las alas... las alas... mis párpados flojos, que, de pronto, se cerraran...

XXXI
LA TÍSICA

ESTABA derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual un nardo ajado, enmedio de la encalada y fría alcoba. Le había mandado el médico salir al campo, á que le diera el sol de Marzo; pero la pobre no podía.

—Cuando llego al p u e n t e—me dijo—, ¡ya ve usted, señorito, ahí al lado que está!, me ahogo...

La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada, como se cae, á veces, la brisa en el estío.

Yo le ofrecí á Platero para que diese un paseíto. Subida en él, ¡qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y dientes blancos!

...Las mujeres se asomaban á las puertas á vernos pasar. Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un frágil lirio de cristal. La niña, con su hábito cándido, transfigurada por la fiebre y la alegría, parecía un ángel que entraba en el pueblo, camino del cielo del sur.

XXXII
PASEO

POR los hondos caminos del estío, colgados de tiernas madreselvas, ¡cuan dulcemente vamos! Yo leo, ó canto, ó digo versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...

El cielo azul, azul, azul, asaeteado de mis ojos en arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, á sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes, la compacta humareda de un incendio alza sus redondas nubes negras.