La tarde caía. Llegaba de Huelva un olor á marisma, á brea, á pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.
Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas; á veces, dejaba oir un ahogado grito. Y el loro:
—Ce n'est rien...
Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...
El pobre hombre:
-¡Ay!
Y el loro, entre las lilas:
—Ce n'est rien... Ce n'est rien.
XLVII
ANOCHECER
EN el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! Es un encanto contagioso que retiene todo el pueblo como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento.