Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas estrellas, amontona en las eras sus vagas colinas amarillentas. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Sentadas en los zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca, detrás de los corrales. Los niños corren, de una sombra á otra, como de un árbol á otro los pájaros...

Acaso, entre la luz umbrosa que perdura en las fachadas de cal de las casas humildes, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes—un mendigo nuevo, un portugués que va hacia las rozas, un ladrón acaso—, que contrastan, en su obscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas... Los niños se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz, se hablan de unos hombres que "sacan el unto para curar á la hija del rey, que está hética..."

XLVIII
EL ROCÍO

PLATERO—le dije á mi burrillo—; vamos á esperar las Carretas. Traen el rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las Animas, la frescura de las Madres y de los dos Frenos, el olor de la Rocina...

Me lo llevé, guapo y lujoso, á que piropeara á las muchachas, por la calle de la Fuente, en cuyos aleros de cal se moría, en una alta cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.

Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de todos los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, muías y caballos ataviados á la moruna, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado; detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las muchachas, morenas y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más burros... Y el mayordomo—¡Viva la Virgen del Rocío! Vivaaaaa...!—cano, seco y rojo, con el sombrero ancho á la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, el Sin Pecado, malva y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio.

Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo, los cohetes, el duro herir de los cascos herrados en las piedras...

Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer, se arrodilló, blando, humilde y consentido.