Tenía el racimo cinco grandes uvas. Le di una á Victoria, una á Blanca, una á Lola, una á Pepe, y la última, entre las risas y las palmas de todos, á Platero, que la cogió, brusco, con sus dientes enormes.
LIV
NOCHE PURA
LAS almenadas azoteas blancas se cortan secamente sobre el alegre cielo azul, gélido y estrellado. El Norte silencioso acaricia, vivo, con su pura agudeza.
Todos creen que tienen frío y se esconden en las casas, y las cierran. Nosotros, Platero, vamos á ir despacio, tú con tu lana y con mi manta, yo con mi alma, por el limpio pueblo solitario.
¡Qué fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra tosca con remate de plata! ¡Mira cuánta estrella! De tantas como son, marean. Se diría que el cielo le está rezando á la tierra un encendido rosario de amor ideal.
¡Platero, Platero! Diera yo toda mi vida y anhelara que tú quisieras dar la tuya, por la pureza de esta alta noche de Enero, sola, clara y dura!
LV
EL ALBA
EN las lentas madrugadas de invierno, cuando los gallos alertas ven las primeras rosas del alba y las saludan, galantes, Platero, harto de dormir, rebuzna largamente. ¡Cuan dulce su lejano despertar, en la luz celeste que entra por las rendijas de la alcoba! Yo, deseoso también del día, pienso en el sol desde mi lecho mullido.
Y pienso en lo que habría sido del pobre Platero si en vez de caer en mis manos de poeta hubiese caído en las de uno de esos carboneros que van, todavía de noche, por la dura escarcha de los caminos solitarios, á robar los pinos de los montes, ó en las de uno de esos gitanos astrosos que pintan los burros y les dan arsénico y les ponen alfileres en las orejas para qué no se les caigan.
Platero rebuzna de nuevo. ¿Sabrá que pienso en él? ¿Qué me importa? En la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba. Y, gracias á Dios, él tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable como mi pensamiento.