LVI
NAVIDAD

LA candela en el campo!... Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul. De pronto, es un estridente crujido de ramas verdes que empiezan á arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de lenguas momentáneas.

¡Oh, la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, subiendo á un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frió! ¡Campo, tibio ahora, de Diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, á través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, á calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que saltan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego, que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

...Camina,: María,
camina, José...

Yo les traigo á Platero, para que juegue con ellos.

LVII
EL INVIERNO

DIOS está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero. Llueve. Y las últimas flores que el otoño dejó obstinadamente prendidas á sus ramas exangües, se cargan de diamantes. En cada diamante, un cielo, un palacio de cristal, un Dios. Mira, esta rosa; tiene dentro otra rosa de agua; y al sacudirla, ¿ves?, se le cae la nueva flor brillante, como su alma, y se queda mustia y triste, igual que la mía.