El agua debe ser tan alegre como el sol. Mira, si no, cuál corren felices, los niños, bajo ella, recios y colorados, con las piernas al aire. Ve cómo los gorriones se entran todos, en bullanguero bando súbito, en la hiedra, en la escuela, Platero, como dice Darbón, tu médico.
Llueve. Hoy no vamos al campo. Es día de contemplaciones. Mira cómo corren las canales del tejado. Mira cómo se limpian las hojas verdes, cómo torna á navegar por la cuneta el barquillo de los niños, parado ayer entre la hierba. Mira ahora, en este sol instantáneo y débil, cuan bello el arco iris que sale de la iglesia y muere, en una vaga irisación, á nuestro lado.
LVIII
IDILIO DE ABRIL
LOS niños han ido con Platero al arroyo de los chopos, y ahora lo traen trotando, entre juegos y risas, todo cargado de flores amarillas. Allá abajo les ha llovido—aquella nube fugaz que veló el campo verde con sus hilos de oro y plata—. Y sobre la empapada lana del asnucho las mojadas campanillas gotean todavía.
¡Idilio fresco, alegre, sentimental! ¡Hasta el rebuzno de Platero se hace tierno bajo la dulce carga llovida! De cuando en cuando, vuelve la cabeza y arranca las flores á que su boca alcanza. Las campanillas, níveas y gualdas, le cuelgan, un momento, entre el blanco babear verdoso y luego se le van á la barrigota cinchada. ¡Quién, como tú, Platero, pudiera comer flores,... y que no le hicieran daño!
¡Tarde equívoca de Abril!... Los ojos brillantes y vivos de Platero copian todo el paisaje de sol y de lluvia. En ocaso, sobre el campo de San Juan, se ve llover, deshilachada, otra nube rosa...
LIX
LIBERTAD
LLAMÓ mi atención, perdida por las flores de la vereda, un encendido pajarillo que, sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero sombrío, y unos muchachos traidores le tenían puesta una red á los pájaros. El triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo.
La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento playero que ondulaba las copas. ¡Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón!
Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la umbría cúpula frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rebuznaba una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, secos y sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron á otro pinar, cantando.