Y a través de ese prisma de serenidad y discreción que le daba su calidad de mexicano, es como contemplamos a todos los galanes, damas y aun graciosos de su teatro.
Los galanes tienen la apariencia externa de los galanes del teatro español: aventureros, pendencieros, discretos, enamorados, valientes, apuestos, arrogantes, fanfarrones alguna vez, picados siempre de la araña del honor, han bordado sobre él un código complicado y fecundo en conclusiones inusitadas; componen tan presto un madrigal como se desafían al pie de la ventana de sus dueños; pero interiormente están formados de un material más noble, dotados de sentimientos más generosos, de nobleza más quilatada. Así Los Pechos privilegiados, es un palenque en que se disputan a porfía los más altos y nobles sentimientos el Marqués D. Fadrique y D. Fernando; D. García Ruiz de Alarcón es modelo de caballeros en Las Paredes oyen. Al lado de éstos, se encuentran otros, afeados por algún vicio, D. García (¿tomó por modelo a D. Rodrigo de Calderón, famoso en la Corte por sus embustes?) D. Mendo (¿fué, acaso, el Conde de Villamediana, o quizá D. Francisco Guzmán de Mendoza y Feria, llamado de Figueroa, gentilhombre del Marqués de Montesclaros «mapa de apellidos», como le llama el mismo Alarcón en Mudarse por mejorarse?) dotados de una humanidad plena que es el mayor timbre de gloria de Alarcón. Son aturdidos, educados en la escuela de ponderación y de maledicencia de la Corte, son frutos de ella, genuinos y vigorosos, flor y nata de embusteros simpáticos y de malsines sabrosos que al fin y al cabo reciben el castigo de sus embustes. Hay un galán que atrae profundamente la atención: D. Fernando Ramírez de Vargas, el Pedro Alonso de El Tejedor de Segovia, que llega a codearse con los caracteres más excelsos del teatro de Lope. El caballero, bandido por las circunstancias, es flor exquisita que después de mil transformaciones, florecería lozanamente en el jardín romántico para ser, por ejemplo, el D. Alvaro del Duque de Rivas.
Las damas, tratadas menos vigorosamente que los galanes, son discretas, volubles, sencillas. D. Juan Ruiz de Alarcón no las quería bien sin embargo, no debió haber sido afortunado en amores: Las Paredes oyen son, seguramente, un documento interesante para reconstruir la vida espiritual del mexicano: pero a la Ana de Las Paredes oyen, la dota al fin y al cabo de un espíritu de justicia al preferir al García feo y contrahecho, al D. Mendo murmurador.[1] La Celia es modelo de criadas, de amigas mejor, que saben aconsejar y terciar en amores sin otro fin que el bien de sus señoras. Prefieren las damas de Alarcón, el dinero al amor, al talento los títulos de nobleza, (la Leonor de Mudarse por mejorarse), el amor a la devoción (la Ana de Las Paredes oyen en su escapatoria del novenario de San Juan); tienen convites a las márgenes del Manzanares, admiten galanes y cortejadores. No son seguramente las damas celadas por padres y hermanos adustos dentro de las cuatro paredes de sus alcázares señoriales, que salen muy de mañana cuidadas por dueñas quintañonas, velado el rostro, inclinada la faz, para no mirar siquiera al galán que, cabe la pila de agua bendita de la iglesia de San Justo, les ofrece en sus dedos dos gotitas de ella, mensajeras de un amor contemplativo, quintaesenciado, nacido de los armoniosos versos del Petrarca. Muchas eran las damas alegres de la Corte, tantas, que admiraron al grave Cardenal Camilo Borghese, más tarde Soberano Pontífice bajo el dictado de Paulo V: al grave caballero portugués Bartolomé Pinheiro da Veiga y al no menos noble Van Aarseens de Sommerdyk, y ellas eran las conocidas de los poetas, las de los convites y las fiestas. Pasta adorable de mujeres en que el maestro Téllez imprimió sus dedos maliciosos, para darle forma de seres adorablemente desenvueltos y el Licenciado Alarcón puso los suyos, amables y bondadosos, para sacar de la arcilla vivos modelos de su alma.
[1] Es interesante el dato, para investigar los sentimientos y las ideas que dieron lugar a Las Paredes oyen, de saber que el Conde de Villamediana casó en 1618 con doña Ana de Mendoza.
Los criados son también característicos en el teatro del mexicano, algunos, el Tello de Todo es ventura, llega a ser el protagonista de la obra. El gracioso es una variedad de criados, sólo que no es impertinente, ni desvergonzado, ni licencioso: el Tristán de El Desdichado en fingir, se sabe par cœur el Ars Amandi de Ovidio en su idioma original. El criado en el teatro español es un personaje central, en el francés, en el de Molière sobre todo, lo es también, y el gracioso es el que origina el enredo, tomemos por ejemplo y al azar Les fourberies de Scapin, L’Étourdi. El criado teje y desteje la acción. Y es que el gracioso arranca directamente del riñón del pueblo, es el elemento popular que se incorpora en el teatro, ya de campanillas, ya ilustrado por el genio de artistas renombrados e insignes. Es un hijo del pueblo que habla en la escena, era sin duda el personaje preferido de las multitudes que llenaban el patio y la cazuela. De simple que es en las comedias de Torres Naharro, Juan del Encina, Gil Vicente y sobre todo de Lope de Rueda, se vuelve discreto al correr de los tiempos que cambian, de la Edad Media que se va para dar lugar al tráfago de Renacimiento, a la cultura nueva que se adquiere, a la vida nueva que se origina. De simple se torna en discreto, más discreto de lo que podía pedírsele a un criado, y de su boca nacen todos los donaires, todas las alusiones. Es, en fin, el personaje cómico por excelencia en la manera de concebir la técnica del teatro antiguamente, que viene de Aristófanes y Menandro hasta Shakespeare y Calderón pasando por Plauto y Terencio. Es, además, el pícaro de las novelas, hermano de Lazarillo y de Guzmán, que pide para sus travesuras un puesto en la escena, para divertir a sus hermanos los de la masa del pueblo, del pobre pueblo de entonces, con sus acervos de sal. El gracioso, el clásico escudero, ha resucitado, poco ha, sólo que ahora engendrado por un espíritu profundamente culto, sutil y refinado. Ha heredado de él las hieles de una sátira amarga, de una experiencia acibarada de la vida y pasea guiando a su señor, movidos ambos por los cordeles groseros de Los intereses creados.
Estos son los personajes en que Alarcón ha templado su genio. No son seguramente creaciones portentosas, no, Alarcón no arrebata, no subyuga, pero deja en la boca un sabor amable a fruta sazonada y en los ojos la visión cordial del sol que se hunde lentamente tocando de fuego la nieve de los volcanes.
México, enero 25 de 1917.
JULIO JIMÉNEZ RUEDA.
LA VERDAD SOSPECHOSA[2]