Juega aquí con el nombre de la dueña y el de cruz, á quien se humilla el cristiano y adora.—Conpaño, el compañero, su mensajero. Alex., 1835: Que un fallimiento de su companno oir. El mensajero, más cerca que él, no se omillava, sino que la adoraba y amaba á la Cruz.—Ad-orar se dijo de llevar al os boca, del besar.—Cruz-ada la mala partida del compañero con la dueña Cruz, que á él le crució tanto.—Reguardarse, como resguardarse, recelarse, cuidarse.

[122]

Conpaño de cucaña, de los que á porfía pretenden subir a la cucaña ó viga plantada en el suelo y bien ensebada, con un premio en lo alto, para el que logre trepar hasta cogerlo. Además, el tal compañero le salió como el cuco, que diz pone sus huevos en nido ajeno, en el nido que para sí tenía marcado el Arcipreste.—Ante, latino y castellano viejo, de donde ante-s. Gran., Mem., 1, 13: Aquella grande hambre de los siete años de Egipto, ante de la cual dice la escritura que fué tan grande la abundancia. Celest., VII, pág. 95: Que quiero ver para cuanto eres, ante que me vaya.—Magadaña es mala partida, engaño, falla. En Aragón macatrullo, engañado y tonto; macandon es el engañador, camandulero. L. Fern., 156: Mosquilon y macandon. En Aragón magar por fallar, faltar. Maganada es engaño que á uno se hace. Magancés, el engañador. Pedro Urd., 2: Sois un traidor magancés. Otros vocablos hay del mismo tema mag y mac, que estudiaré en Origen del leng.[[122.1]]. Magadaña de escarnio es mala partida de escarnio, engaño que escarnece al engañado.

En el Tratado de las Colmenas, del aragonés Jaime Gil, t. 4, c. 6, descríbese un armadijo formado sobre cuatro horquillas para que en ella paren los enjambres: "Tomaba cuatro horcachas de sauces ó de otra madera de las dichas. Hincávalas en tierra. Sobre ellas ataba otras también gruesas y viejas de la misma manera á modo de parral. En los ángulos que había ponía una grande aliaga y seca, bien atada y segura; pero de tal suerte, que dejándole en la atadura lazada, con facilidad desataba, y sin mover mucho la aliaga, que con una mano desataba y con otra aseguraba no se moviese la aliaga. Asentábase en ella el enjambre, desatábala, como he dicho, y de un golpe casi todo el enjambre daba en la nasa ó cogedera... Ha de estar esta malagaña, que así la llaman en algunas partes los colmeneros, de alta hasta siete palmos del suelo." El cambio de d en l es común y así esta malagaña es la madagaña y la magadaña del Arcipreste: una de tantas voces aragonesas como él usó.

[122.1]

Véase Cejador, Origen del lenguaje y etimol. castellana, Madrid, 1927.

[123]

Habiendo librado tan mal de la pasada aventura, el hombre, por quien habla el Arcipreste, lo achaca a su hado ó mala estrella, como solían hacerlo entonces, y aun ahora, los desmañados que salen con las manos en la cabeza. Pretende pintar aquí el asidero que prestaba á los mundanos la fuerza del hado, para excusarse de sus culpas y vicios. La Astrología judiciaria, por la cual se juzgaba del destino de cada cual según el astro que subía en el momento de su nacimiento, era realmente una gran ciencia para escudarse y consolarse en toda mala ventura, metiendo el islam dentro del cristianismo. Del movimiento de la luna, contra Platón, trató Hiparco de Nicea. Platón, en el Timeo, dijo no hacerse nada en este mundo inferior que deje de tener su nacimiento de celeste causa. Tolomeo fué astrónomo, y algunos de los aforismos de su Centiloquio recordaba el Arcipreste en este lugar. Así el 38: "Cuando Mercurio en el nacimiento de alguno estuviere en alguna de las casas de Saturno, y él se hallare fuerte en su ser, dará capacidad para entender de raíz las cosas." Pero en el 6 y 8: "Sapiens dominabitur astris", el sabio y virtuoso domina el influjo de las estrellas. "Non cogitemur ea quae accidunt ex coelo, esse necessaria, ut quae sunt a Deo", no creamos que lo que sucede por el cielo sea necesario, como lo que procede de Dios. No menos es de Tolomeo que "El astrólogo se debe abstener de pronosticar cosas singulares, constando la ciencia de las cosas universales y no de los individuos", de donde añade que "A te et ab stellis est scientia". "No debe el astrólogo—dice también—hacer juicio asertivo, porque sus juicios median entre lo necesario y lo posible." Hubo tres opiniones: la de los estoicos y priscilianistas, que decían obraban los cielos en los hombres de necesidad, no pudiendo nadie huir de esa fuerza celeste, que llamaban hado. La segunda, que negaba todo poder é influjo de las estrellas en nosotros, sino que Dios lo rige todo por sí mismo, sin causas segundas: repruébala Santo Tomás, no menos que la primera (Cathol. verit., c. 85, y Gent., 3). La tercera, que concede influjo á los astros, mas no por necesidad. La primera fué reprobada, y así dice la Glosa de un Decreto: "No se reprueba aquella Astrología que deja de imponer necesidad en los cuerpos superiores. Así concede la Iglesia la que dice inclinar las estrellas, mas no necesitar." Toda esta doctrina la conocía muy bien el Arcipreste por Santo Tomás y los Cánones, en que se muestra bien informado. Al manifestar, pues, aquí la creencia en la primera opinión, siquiera luego le ponga la cortapisa de que Dios puede mudar su curso, esto es fantasear un Dios que milagrea á cada triquete para contrarrestar el influjo de los astros, cortapisa no menos errónea, se ve bien claro que no habla por sí el Arcipreste, sino que expone el pensar de la gente mundana de su tiempo, que así mezclaba el islamismo y la gentilidad con el cristianismo para colorear sus locuras y devaneos. Y así el mundano que aquí habla toma de Tolomeo y Platón lo que le conviene, dejando lo que en ellos hay, pero que no le viene á cuento.

[125]

Clerezia, estado eclesiástico, el más noble entonces.—Deprender, por aprender, fué clásico y es vulgar; grandes tienpos, por largo tiempo.—Espender, gastar; quantia, cantidad, caudal, de cuant-o. Trat. Arg., 4: Ya después que hubo espendido | bien veinte mil ducados que traia.