Cruz cruzada, panadera, que tal oficio tenía, añadiendo el cruzada por el sonsonete de Cruz y por lo que a él le crució, esto es, Cruz, por quien él crució, por consiguiente, cruzada para él.—Entendedera es amante, como entendedor en masculino. Lo que él creyó había de ser ancha carrera por donde llegar corriendo hasta ella, fué estrecha senda, que le extravió, engañándose como andaluz, que como todo lo exagera en su fantasía, suele quedar después engañado con la realidad.

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Ferrand Garçía es un tercero, á quien encarga haga la pleitesía ó trato y sumisión con la dueña, por lo cual le llama pleit-és, el que se encarga del pleito (placitum); duz, el lat. dux, guía.—Troxiese, del tema de pretérito troxo ó truxo, trujo, que todavía dice el pueblo.—Ferrand púsolo porque aferró de la dueña, como Garcia, que en éusquera suena lo que agarra.

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Privado, que tiene privanza, que trabó amistad e intimidad con la Cruz. Los nombres propios con artículo se usan muchísimo en el habla familiar: la Nicolasa, la Manuela, la Cruz.—Duz, contracción de dulce, y así suena en Andalucía, caña duz, etcétera. El pan y salvado, por ser ella panadera.

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Marfuz, falaz, engañador, del arábigo مروض marfūd, de rafada, desechar, reprobar, y su participio, desechable, repudiado, desechado, falaz. Quij., 1, 40: No te fies de ningún moro, porque son todos marfuzes.—Presentar por hacer un presente ó regalo. Quij., 2, 41: Un caballo de madera que los griegos presentaron á la diosa Palas.—Añejo, lo que pasa de un año ó de más de uno, de muchos años.—Un conejo, que es animal que anda de ocultis, y de ocultis del Arcipreste, sin saberlo él, como regalo propio, se lo regaló. El Arcipreste le había encargado le llevase buen trigo, como á panadera.

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Conejero, porque le presentó un conejo, y fué mal perro conejero, que no trae la caza al amo.—Aduz, de aducir, ad-ducere, traer. Esta troba cazurra es de un humorismo tan filosófico, que no le hallo semejante, y ese humorismo, que se nos antoja la quinta esencia de la civilización moderna, del pensamiento desengañado, hasta desvaharse, del más refinado vivir, sale aquí alquitarado de un alambique de piedra berroqueña, de un poeta enteramente primitivo y brutalmente natural. No hay sentimiento que iguale en reciura, y á la vez en sutileza, al que expresa en estas incomparables coplas el gran Arcipreste de Hita. Desde aquí, las academiqueces de Santillana y Villena, que vinieron á poco, semejan recortados evónimos de jardín, mirados desde la copa de un cedro del Líbano.

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