En el Eclesiastés (7, 26) dice Salomón: "Inveni amariorem morte mulierem, quae laqueus venatorum est et sagena cor eius." Triste es la muerte y amarga su memoria, fuerte es su brazo y certeras son sus saetas, infalible es su venida y ninguno se defiende de ella; pero con todo eso la mujer, que es cual red barredera de todo, es más triste, más amarga, más fuerte, más diestra y matrera que la muerte. Y pues en la tierra es la mujer lazo del demonio, en el aire rayo de concupiscencia y en el mar red de ocasiones, no apuntó mal el otro poeta griego cuando lo cifró todo en ella, como muchas letras en una, diciendo: Mare, ignis, mulier, tria mala. (Erasm., Chiliad., 2, cent., 2). El mar con su soberbia lo arruina todo, el fuego con su furia consume lo que alcanza y la mujer con su malicia todo lo contamina. Buen ejemplo tenemos en aquellos infelicísimos amores del Rey D. Rodrigo con la Cava, hija del Conde don Julián, los cuales en mal punto se comenzaron, en peor se prosiguieron y en más desdichado se acabaron. Nada de esto desconocía el Arcipreste; pero no lo quería reconocer el vano clérigo á quien aquí el Arcipreste pinta, y en cuyos labios sólo suenan los delicados sentimientos acerca de la mujer, que el Arcipreste pone en ellos, porque tal sentía de ella, como se ve por todo su libro; que ensañándose contra el amor mundano y contra los enamoradizos clérigos, no tiene la menor palabra desabrida contra la delicada y desventurada mujer, á quien otros achacan todo aquello de que ellos son los más culpables.

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Más sentía, todavía pensaba y juzgaba más: que yo cruyziava... Cruyziava, sufría como tormento de cruz, de cruc-iar, ear, cruz. Descruciar por despenarse en J. Enc. (Bibl. Gallard., 2, 895): Ora, Carillo, descrucia | de seguir esta zagala. An-grucia, por en-crucia, tener mucha ansia congojosa por algo, y se usa en el Alto Aragón, de un en-cruciar, como angruci-oso, el que la tiene. Empleó este verbo porque la dueña, por quien cruciaba, se llamaba Cruz. Va dando aquí las razones que suele pensar y sentir el mundano al buscar mujer, bien ó mal buscada, que ese es el caso.

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Recabdar, recaudar, posverbal recaud-o, recad-o, y vale cobrar, percibir ó poner cobro en rentas ú otra cosa, aquí ganar, tener por suyo.—Echarle el clavo ó echarle clavo es engañarle, según Covarrubias, "de albeitares, que conchavados con los mesoneros, clavan mal las herraduras y lastiman las bestias"; pero dícese igualmente clavarle á uno por engañarle, y es vulgar, y lo trae Correas (pág. 598). Figuer., Plaz. f. 247: No hay mercader que con palabrillas melifluas no procure clavar al que más se fía del. Barbad., Coron., f. 99: Tenía que hacer cierta cuenta con unos arrieros vizcaínos, clavándoles el gasto de la posada y comida y no las herraduras de los machos. Igualmente como reflexivo, engañarse. Moreto, Desdén con el desd., 3: Hombre, mira que te clavas. Echársela de clavo, del que á otro engaña en la cuenta. Galindo, C., 858. Lo más llano parece, pues, que el clavarse por engañarse se dijera del quedarse parado por el asombro y como fijo y clavado en el suelo, y lo mismo clavarle ó echarle clavo, dejarle plantado, que también se dice, parado de asombro.—Rumiar no es comer, y así entre los místicos y aquí por pensar y repensar, mientras el otro comíalo.

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Troba caçurra es la que aquí nos conservó el Arcipreste, que, despechado y mohino por la charranada que le hizo su tercero ó mensajero, birlándole la dueña, lo echa á broma, ó, como él dice, troba burla, convirtiendo en chanza el escarnio recibido. Es propio del apesarado apartarse del trato de todos y, mohino por demás, cerrarse de banda, lo cual llaman natural cazurro y azurronado; pero si el tal es de levantados pensamientos, lo echa á bromas, desprecia el hecho y se burla de él, y hasta de sí mismo, que en tales niñerías puso su corazón, y guaseándose del mundo y de sí mismo canta coplas como las siguientes.

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Cruz debió de llamarse la dueña, ó la llama el poeta por haberle sido tormento al amante, y su desvío encapota el alma del poeta.

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