Alcalde ó alcalle en su significación arábiga de juez ó qādī, juzgador. Crítica burlesca de los procedimientos judiciales, bordaba sobre la fábula de Fedro Lupus et vulpis, iudice simio, y que recuerda el Processus Satanae contra virginem coram Jesu iudice, cuento escrito por un italiano en el siglo XIII, y conocido por Berceo en el segundo de sus Milagros de Nuestra Señora. El lobo era otro fraile con su ánsar en el capillo y abogado del fuero de la propiedad.

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Retraer, echar en cara, vituperar.

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Enplazar era el verbo empleado para expresar el que uno lleva ó acusa ante los tribunales, recuerdo de cuando los juicios se hacían en la plaza, y de aquí salió el vocablo plazo, del citar en la plaza.—Seya, sedebat, nunca se sentaba en vano y ociosamente. Torr., Fil. mor., 20, 13: Hombres baldíos... en viendo algunos pasearse de balde.

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Abogado del lobo era el ligero y delgado galgo, á quien no se le escaparía el menor gazapo y era destruidor de raposas, que esto suena abarredera, por abarridera, de abarrir, destruir, asolar, dispersar. Cal. e Dimna, 3: Que yo sé de muchas truchas et comenzaremos allá; desi vengamos aqui et abarrirlas hemos todas. Berc., Mil., 875: Lo que fué en la ciella, fué todo abarrido.

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Parodia burlesca de las fórmulas judiciales.—Malfetría, maleficio, como benfetría, beneficio, de donde behetría, de benefactoria, malefactoria. Orden, Sev., 13: Y si alguna malfetría fuere fecha. (Véase Cej., Tesor, Sitr., 181.) Cort. Medina, 1328: Que las den á omes buenos, abonados é sin malfetrias.

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