No bien Lycenia dió estos preceptos, se fué por otro lado del soto, como si buscase el ganso todavía. Dafnis, en tanto, con la preocupación de lo que había oído, cejó de su primer ímpetu, y no se atrevió á perturbar á Cloe sino con el beso y el abrazo, á fin de que no gritase como perseguida de enemigos, ni llorase como lastimada, ni como herida vertiese sangre, pues escarmentado él por los recientes lances de la guerra, tenía miedo de la sangre, y sólo de heridas imaginaba que saliese. Así fué que tomó la determinación de no deleitarse con ella sino en lo que tenía por costumbre; y, dejando el soto, volvió al lugar donde ella estaba sentada, tejiendo guirnaldas de violetas; le refirió que había arrancado de las garras mismas del águila el ganso de Lycenia, y la besó apretadamente como Lycenia le había besado en el deleite, ya que esto no pensaba que trajese peligro. Ella ajustó á la cabeza de él la guirnalda de violetas, y le besó el cabello, á su ver más que las violetas precioso. Luego sacó del zurrón pan de higos y bollos, y se los dió á comer; y, conforme él comía, se lo quitaba ella de la boca y comía á su vez, como los pajarillos pequeñuelos comen del pico de la madre.

Mientras que comían, y más que comían se acariciaban, se descubrió una barca de pescadores, que bogaba no lejos de la costa. No hacía viento; la calma era completa, y era menester remar. Los pescadores remaban con grande empuje para llevar fresco el pescado á gentes ricas de la ciudad. Lo que suelen hacer los marineros para engañar ó aliviar sus fatigas, lo hacían éstos también á par que remaban: uno de ellos llevaba la voz y entonaba un cantar marino, y los restantes, por marcados intervalos, unían en coro sus voces en consonancia con la del principal cantor. Cuando iban por alta mar; el canto se perdía en la extensión y se desvanecía en el aire; pero cuando doblaron la punta de un escollo y entraron en una ensenada profunda, en forma de media luna, se oyó mejor la música y sonó más claro en tierra el estribillo de los navegantes. En el fondo de aquella ensenada había una garganta ó estrechura de cerros, donde se colaba el son como en un cañuto; luego, una voz imitadora lo repetía todo: ya repetía el ruído de los remos, ya repetía el cantar; y era cosa de gusto el oirlo, pues primero llegaba el son que venía directo de la mar, y el son que venía de la tierra llegaba más tarde. Dafnis, que sabía lo que era aquello, sólo atendía á la mar; se embelesaba al ver la barca, que más volaba que corría, y procuraba retener algo de aquellos cantares para tocarlos luego en su flauta. Pero Cloe, que hasta entonces no había oído eso que llaman eco, ya miraba hacia la mar para ver á los que cantaban, ya se volvía hacia el bosque buscando á los que respondían; y cuando pasó la barca y sobrevino silencio en la mar y en el valle, preguntó á Dafnis si más allá del escollo había otra mar, y otra nave que bogaba, y otros marineros que cantaban, y por qué ya callaban todos. Dafnis sonrió con dulzura; la besó con más dulce beso; ciñó á sus cienes la guirnalda de violetas, y empezó á contarle la fábula de Eco, no sin concertar antes que ella le diese diez besos más en pago de la enseñanza.—«Hay, dijo, niña mía, muchas castas de Ninfas. Las hay de las praderas, de los bosques y de los lagos; todas bellas; músicas todas. Hija de Ninfa fué Eco, mortal, por serlo su padre; hermosa, cual de hermosa madre nacida. Las Ninfas la criaron. En tocar la flauta, en pulsar la lira y la cítara, y en toda clase de cantar, tuvo á las Musas por maestras. Así es que, cuando llegó á la flor de su mocedad, con las Ninfas danzaba y con las Musas cantaba; pero huía de todo varón, ya dios, ya hombre, por amor de la doncellez. Pan se enfureció contra ella, envidioso de su música y desdeñado de su hermosura, é infundió su furor en el alma de los pastores. Éstos, como perros ó lobos, la despedazaron mientras cantaba, y esparcieron por toda la tierra sus miembros, llenos de harmonía. Y la tierra los escondió en su seno por complacer á las Ninfas, y dispuso que conservasen la virtud de cantar. Las Musas, por último, decretaron que lo imitasen todo en la voz, como la doncella hizo cuando vivía: hombres, dioses, instrumentos y fieras; que imitasen, en suma, á Pan mismo cuando toca la flauta. Pan, apenas lo oye, brinca y corre por las montañas, no ya porque ame á la Ninfa, sino anhelando averiguar quién es su discípulo oculto.»

En premio de la historia, Cloe dió á Dafnis, no sólo diez, sino muchos más besos, y Eco casi la repitió, como para dar testimonio de que no era mentira.

El sol calentaba más cada día, porque había pasado la primavera y empezaba el verano. Los pasatiempos de ambos eran propios de la nueva estación. Él nadaba en los ríos, ella se bañaba en las fuentes; él tocaba la flauta á porfía con el viento que resonaba en los pinos, ella cantaba en competencia con los ruiseñores; ambos cogían saltamontes y parleras cigarras, formaban ramilletes de flores, sacudían los árboles ó trepaban á ellos y se comían la fruta. Al cabo se acostaban desnudos en una piel de cabra. Pronto Cloe hubiera sido mujer si la sangre no aterrase á Dafnis, quien, receloso con frecuencia de no ser dueño de sí, impedía á Cloe que se desnudara. Pasmábase ella, si bien por vergüenza no preguntaba la causa.

En aquella estación se presentó para Cloe un enjambre de novios. De muchas partes acudían á Dryas, pidiéndosela por mujer; unos traían buenos presentes; otros los prometían mejores. Así fué que Napé, estimulada por las promesas, era de opinión de casar á Cloe cuanto antes, y no guardar por más tiempo á mozuela ya tan granada, la cual el día menos pensado perdería su doncellez en medio del campo y se casaría por manzanas y flores con un pastor cualquiera; que lo más conveniente sería hacerla pronto señora de su casa, aceptar los presentes y guardarlos para el hijo legítimo de ellos, que no hacía mucho les había nacido. Dryas se dejaba vencer á menudo de tales razones, ya que le ofrecían prendas de más valer que las que suelen ofrecerse por una pobre zagala; pero, pensando luego que la muchacha valía demasiado para casarse con un rústico, y que si hallaba un día á sus verdaderos padres éstos los harían dichosos á todos, se resistía siempre á responder, y así iba dando largas al asunto, no sin aprovecharse mientras de no pocos presentes.

Al saber estas cosas tuvo Cloe gran pesar, si bien se le ocultó á Dafnis por temor de afligirle. Viendo, no obstante, que él la importunaba con preguntas, y que ya estaba más triste de no saber nada que lo que pudiera estar de saberlo todo, se atrevió al fin á contárselo. Le habló de los novios, muchos y ricos; de las razones que daba Napé para apresurar la boda, y de que Dryas no mostraba oponerse, sino lo demoraba para las próximas vendimias. Dafnis, con tales nuevas, estuvo á pique de perder el juicio; se echó por tierra, lloró y afirmó que él se moriría si Cloe le faltaba, y no sólo él, sino también se morirían los carneros sin tal pastora. Después, reflexionándolo mejor, cobraba ánimo y resolvía hablar al padre de ella y ponerse en la lista de los pretendientes, esperando vencerlos. Sólo una cosa le sobresaltaba: que Lamón no era rico. Esto debilitaba mucho su esperanza. Decidióse, con todo, á pedir á Cloe, y ella convino en que lo hiciese. Nada al principio se atrevió á decir á Lamón; pero confiando más en Mirtale, le descubrió su amor y le dijo que quería casarse con Cloe. Mirtale lo participó todo á Lamón por la noche. Éste recibió con dureza la noticia, y regañó á su mujer porque quería casar con una hija de pastores á un muchacho que había de tener grandes riquezas, si no mentían las prendas halladas, y que á ellos, si venían á descubrirse los padres, los haría horros y dueños de mayores campos. Mirtale, temerosa de que Dafnis, por despecho amoroso, y perdida toda esperanza de boda, osara darse muerte, alegó otros motivos menos importantes que los que había dado Lamón. «Somos pobres, le dijo, hijo mío, y necesitamos novia que más bien traiga algo que no que se lo lleve. Ellos son ricos, pero quieren novios ricos. Ve, no obstante; convence á Cloe, y haz que Cloe convenza á su padre, á fin de que no pidan mucho y te la den. Ella te ama, y sin duda gustará más de acostarse con un buen mozo pobre que no con un jimio rico.»

No esperaba Mirtale que Dryas diese nunca su consentimiento, disponiendo, como disponía, de más ricos novios, que le ofrecían buenos presentes. Dafnis no tenía que argüir contra lo dicho por su madre; pero se afligió mucho, é hizo lo que suelen hacer los enamorados pobres: lloró, y pidió auxilio á las Ninfas. Ellas volvieron á aparecérsele por la noche, mientras dormía, en la propia forma que la primera vez, y la mayor le dijo: «Á otro dios incumbe tratar de tu boda con Cloe. Nosotras te daremos con qué ablandar á Dryas. La nave de los mancebos de Metimna, cuya amarra de mimbre se comieron tus cabras, se fué aquel día muy lejos de tierra, empujada por el viento; mas por la noche sopló viento contrario; alborotó la mar y arrojó la nave contra unos altos peñascos. La nave pereció, y con ella cuanto encerraba, salvo una bolsa con tres mil dracmas, que con los restos de la nave trajo á la costa la onda, y está allí oculta entre algas, cerca de un delfín muerto, por lo cual nadie de los que pasan se ha aproximado, huyendo del hedor de aquella podredumbre. Ve allí, toma la bolsa y dala. Así conviene para acreditar por lo pronto que no eres pobre. Ya vendrá tiempo en que seas rico.»

Dicho esto, desaparecieron las Ninfas en la noche. Cuando vino el día, se levantó Dafnis rebosando de gozo; llevó sus cabras al pasto con la mayor premura, y después de besar á Cloe y de adorar á las Ninfas, se fué hacia la mar, como si quisiera ser rociado por las olas. Allí, por la orilla y sobre la arena, vagaba en busca de los tres mil dracmas. No empleó largo tiempo ni fatiga en hallarlos. El delfín no olía bien, y su podredumbre le dió en las narices y le guió por el camino hasta llegar al sitio indicado. Ya en él, apartó las algas y descubrió la bolsa llena de dinero. La recogió, la guardó en el zurrón, y antes de irse, dió gracias por todo á las Ninfas y á la misma mar, pues, aunque cabrero, parecíale la mar más dulce que la tierra, desde que le ayudaba para conseguir casarse con Cloe.

Dueño de los tres mil dracmas, nada creía que le faltaba ya. Se consideraba, no sólo más pudiente que los labriegos de por allí, sino más rico que todos los hombres. Se fué al punto donde estaba Cloe; le contó el sueño; le mostró la bolsa; le rogó que estuviese á la mira del ganado durante su ausencia, y corrió con gran denuedo en busca de Dryas, á quien halló en la era, trillando trigo con su mujer Napé, y á quien dijo estas valerosas palabras:—«Dame á Cloe por mujer. Yo sé tañer la zampoña con maestría, podar viñas y plantar árboles. Sé también arar la tierra y aventar la miés con el bieldo. En lo tocante á pastoreo, pregúntale á Cloe. Cincuenta cabras me entregaron, y ya tengo doble número. He criado también grandes y hermosos machos, cuando antes era menester llevar las cabras á que otros las padreasen. Soy muy mozo aún, vecino vuestro y de irreprensible conducta. Me crió una cabra, como á Cloe una oveja. Si en todo esto me aventajo á los demás novios, en generosa largueza no he de quedarme tampoco atrás. Ellos te dan tal ó cual cabra ú oveja, ó alguna yunta de bueyes con roña, ó ahechaduras de trigo para mantener unas cuantas gallinas. Yo, en cambio, te doy estas tres mil monedas. Pero no se lo digas á nadie, ni á mi padre Lamón.» Y al dar el dinero, abrazó y besó á Dryas.

Este y Napé, al recibir, sin esperarlo, tamaña suma, prometieron en seguida á Dafnis que le darían á Cloe y que tratarían de persuadir á Lamón. Dafnis se quedó con Napé, haciendo andar á los bueyes sobre la parva y desmenuzando espigas con el trillo, mientras que Dryas, después de guardar la bolsa y el dinero, se fué más que de priesa á ver á Lamón y á Mirtale, contra todo uso y costumbre, para pedirles al novio.