Hallábanse éstos midiendo cebada, que acababan de cribar, y lamentándose de que apenas habían cogido lo que sembraron. Dryas pensó consolarlos con asegurar que era general la mala cosecha, y luego pidió á Dafnis para marido de Cloe, diciendo que otros le daban mucho, pero que él prefería no tomar nada de Lamón y Mirtale, sino que se sentía inclinado á socorrerlos con su propia hacienda. «Además, añadió, los chicos han crecido viéndose siempre; cuidando del hato se han encariñado de manera que no es fácil separarlos, y ya están ambos en edad de dormir juntos.» Estas y otras razones, no menos persuasivas, alegó Dryas, como quien había tomado tres mil dracmas para persuadirlos.

Lamón no podía excusarse con la pobreza, porque los padres de la novia no le desdeñaban por pobre, ni con la poca edad de Dafnis, que era ya un garzón muy apuesto. La verdad no quería confesarla. No osaba decir que consideraba á Dafnis mejor partido. Se calló, pues, por un rato, y al cabo respondió así: «Noble es vuestro proceder al dar á los vecinos preferencia sobre los extraños, y al poner por cima de la riqueza á la pobreza honrada. Que Pan y las Ninfas os concedan en premio su amor. En cuanto á mí, no deseo menos que vosotros la boda. Loco estaría yo si no desease amistad y unión con vuestra familia, cuando me hallo tan cerca de la vejez y necesito brazos y auxilio para mis faenas. De Cloe no hay más que pedir: linda zagala en la flor de su edad, y buena como pocas. Lo malo es que yo soy siervo, y de nada dispongo. Debo, pues, informar á mi amo para que dé su permiso. Diferamos la boda para el otoño. Para entonces dicen los que llegan de la ciudad que vendrá el amo por aquí. Para entonces serán marido y mujer; ámense entre tanto como hermanos. Entiende con todo ¡oh, Dryas! que vas á tener un yerno que vale más que nosotros.» Dicho esto, le besó y le ofreció de beber, porque estaban ya en todo el fervor del medio día, y le acompañó un buen trecho de camino, con mil atenciones y muestras de afecto.

No oyó en balde Dryas las últimas palabras de Lamón, y mientras caminaba, iba cavilando así sobre quién sería Dafnis: «Le crió una cabra, cual si por él velasen los dioses. Es hermoso, y en nada se parece á ese vejete chato y á esa mujerzuela pelona. Se proporcionó tres mil dracmas, y no hay zagal que logre reunir otros tantos piruétanos. ¿Le expondría alguien como á Cloe? ¿Le encontraría Lamón como yo la encontré, con prendas parecidas y á propósito para un futuro reconocimiento? ¡Oh venerado Pan y Ninfas muy amadas, permitid que así sea! Tal vez, si él descubre á sus padres, logrará que Cloe sea también reconocida por los suyos.»

Así iba Dryas discurriendo y soñando hasta que llegó á la era, donde esperaba Dafnis, ansioso de oir las nuevas que traía. Dióle ánimo, llamándole yerno; le prometió que las bodas se celebrarían en el otoño, y le estrechó la mano en señal de que Cloe no sería de otro, sino suya. Más veloz que el pensamiento, sin comer ni beber, corrió Dafnis en busca de Cloe. Estaba ella ordeñando y haciendo quesos, y él le anunció la buena nueva. De allí en adelante la besaba, sin recatarsé, como á su futura; compartía sus afanes; recogía la leche en colodras; apretaba los quesos en zarzos, y ponía á mamar bajo las madres á cabritillos y corderos.

Después de cumplir bien con su oficio, los dos se bañaban, comían, bebían é iban á coger fruta en sazón. Había entonces grande abundancia de ella, por ser el momento más feraz del verano: manzanas á manta, peras, acerolas y membrillos. Fruta había caída por el suelo; otra, pendiente aún en el árbol; la caída, más olorosa; más lozana y fresca á la vista la que de las ramas colgaba. Esta relucía como el oro; aquélla embriagaba con su olor, como el vino.

Entre los frutales se veía uno, tan esquilmado ya, que no tenía ni fruta ni hoja. Desnudas estaban todas sus ramas. Una manzana sola pendía aún en la cima, grande, hermosa, y venciendo á las demás en fragancia. Quizá quien hizo el esquilmo no se atrevió á subir tan alto para cogerla; quizá la dejó por descuido; quizá la bella manzana se guardaba allí para un pastor enamorado. Apenas la vió Dafnis, quiso subir á alcanzarla. Cloe se opuso, pero él no hizo caso; y desatendida ella, se fué con enojo donde estaba el rebaño. Dafnis, en tanto, subió hasta alcanzar la manzana; se la trajo á Cloe, y le dijo para quitarle el enojo:

«Esta manzana ¡oh, virgen! es creación de las Horas divinas: árbol fecundo le dió sustento; el sol la maduró y sazonó; nos la conserva la Fortuna. Ciego y necio hubiera sido yo si no la hubiera visto y si la hubiera dejado para que, ó bien viniese á caer por tierra, la pisoteasen las reses y la envenenasen los reptiles, ó bien permaneciese en la cumbre hasta que el tiempo la acabara, sin más fin que admiración estéril. Venus recibió una manzana en premio de su hermosura. Toma tú ésta por galardón de igual victoria. Ambas sois bellas, y de condición semejante son vuestros jueces, pastor él y yo cabrero.»

Esto dijo, y le echó la manzana en el regazo. No bien se acercó, le besó ella. Él no se arrepintió de la audacia de haber subido tan alto por un beso más rico que la manzana de oro.