En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía á talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche, saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin que le viesen.

No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer, acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor, hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su incesante susurro.

Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos, arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes. Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces? ¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»

Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.

Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado, pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en hacerlo así.

Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo, en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre, pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo, desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto, colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres, como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al campo á disfrutar de nuevos placeres.

Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse, y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos, haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así: Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe, dejando el hato en abandono.

Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto, sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres. Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.

Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.

Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba. Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste ¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos, y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen todo.»