Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.
Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies. Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba, dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón; vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo, jugando y burlando, como es tu costumbre.»
No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia, contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora. Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no nos la roban y se la llevan al cielo.»
Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre que le diese á Dafnis para criado.
Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste, pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón, llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de nuevo en la habitación.
Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería á servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre, llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis, en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último, dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor, que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»
Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón, envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues, no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.
Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las hubo mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras; son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que guarda tus cabras.»
Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar, resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez: «Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»
Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un instante de Cloe.