Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese, un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»
Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor, quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón, el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco, orando y haciendo penitencia.
Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre adoptivo de Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses. Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos. No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico, sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó; habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.
Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa, estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte: «Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe. Tal vez halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé dichoso. Yo no viviré.»
Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis, acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él. La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo: «¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe. Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las cabras!»
Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo, se fué con ellos y con Gnatón á casa de Lampis con tal diligencia y prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró fugarse.
Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla. Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas, alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también estas prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas, y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día digna consorte de Dafnis.»
No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó atentamente las razones del viejo.
Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo.
Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él.