Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura, porque Cloe, bien vestida, graciosamente peinado y trenzado el cabello, y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza. Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale.
Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta, zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con Dafnis.
Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes, buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron, por último, á Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de caballos.
Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido; pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres, para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera. Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan hermosa.
Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto de Himeneo.
Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los señores principales.
Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes á Dafnis, que yo también la tenga.»
Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola yo á su cuidado. Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»
Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo: «Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos, y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han salvado.»
Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y Rodé á Napé.