XXXVI. ...en compañía de su parásito, Gnatón. Gnatón viene de γνάθος, boca, quijada. Tal vez salga de este vocablo griego la palabra española gaznate. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del Eunuco de Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines.
XXXVII. Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte... Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya.
XXXVIII. ...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de afecto que á todas las muchachas de Mitilene. Esto tiene tal vez en el original cierto sentido que, en virtud del arreglo hecho por mí en el libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da á la frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo. Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:
Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,
Nec blandos licet æstimes amicos:
Illis, dum calet olla, amor calebit;
Frigebunt cito, si culina friget.
Non te, sed tempidum colunt cæminum:
Illis fumus ubi est, ibi est amicus.
Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:
Á los que representan vida buena
En el teatro de una y otra cena
Lisonjeros buscones, y testigos
De la mesa, no estimes por amigos;
Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve)
Mientras hierve la olla el amor hierve.
Y tienen con hastío,
Si helada la cocina, el pecho frío.
Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas,
Sólo aman las calientes chimeneas,
Y para éstos, en fin, con ardor sumo,
Allí el amigo está donde está el humo.
En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor que le convida; otro es apaleado casi de diario; otro está á punto de morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de Guillermo Guizot, titulado Menandro ó la comedia y la sociedad griegas. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más famosos.
XXXIX. Vaquero fué Anquises, etc. Esta parte del discurso de Gnatón está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.
XL. ...se desembarazó de la capa ῥίψας θοιμάτιον, dice el original; abiecto pallio, la traducción latina. La mejor traducción de esto en castellano es capa, si bien el pallium era más bien una manta ó una pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto por lo común al cuello por un broche, fibula, πόρπη, tomaba diversos nombres, según el modo de llevarle puesto.
XLI. No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en El Prevenido engañado, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece. Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo á decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J. Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.