XLII. ...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña Ageles. Filopoemen vale tanto como amigo de los pastores ó de la vida pastoril, de φίλος, amigo, y ποιμήν, pastor. Ageles significa rebaño, manada, ἀγέλη.
XLIII. Las pastorales de Longo han sido anotadas y comentadas por muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison, Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.
Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.
Huet (De l’origine des romans) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero, «autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice: «El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que no deleite.»
Dunlop (en su History of fiction) discurre por extenso sobre nuestra novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos frecuentes y largos episodios que en la Diana de Jorge de Montemayor y en la Astrea de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos característicos de la vida rural están borrados, sino que procura agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los campesinos... Esta pastoral está en general muy bellamente escrita. El estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más puro de la lengua griega en aquel último período. Las descripciones de las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo, sino la paz y el reposo de los campos.»
No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios pasajes.
Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en ella para el Aminta; pues si bien no se publicó edición alguna de Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último, Dunlop, que ni Montemayor en la Diana, ni D’Urfé en la Astrea imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el Gentle Shepherd, Marmontel en Annette et Lubin, y más felizmente que todos, el alemán Gessner en sus idilios.
Villemain dice: «No se puede negar que Dafnis y Cloe ha servido de modelo á Pablo y Virginia. Á pesar de los cambios de costumbres, creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su obra una de las más encantadoras producciones de los tiempos modernos. Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan en Pablo y Virginia. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor francés es casto y apasionado.»
Chauvin (en Les romanciers grecs et Latins) dice: «Dafnis y Cloe es una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra, y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las novelas griegas: la obscenidad de ciertos pormenores y de las pinturas voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»
Más severo Chassang con Dafnis y Cloe, conviene, no obstante, en que esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de ella Bernardino de Saint-Pierre en Pablo y Virginia, y veremos lo que una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de Dafnis y Cloe es de gran sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes. ¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang, encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante, distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»