Quizá pensará alguien que nosotros por salir tan mal librados con esta Filosofía de la Historia, hija del consorcio de la Economía Política y de la Biología, producto de la combinación de las teorías de Malthus y Darwin, la estimamos en poco y nos atrevemos á calificarla de inhumana y desconsoladora, cuando no la tenemos por falsa. Pero es lo cierto que la tenemos por falsa por convicción y sin que á ello nos mueva el menor interés. Apoyan dicha Filosofía de la Historia, los que la siguen, en el hecho supuesto de que el progreso se realiza, como si dijéramos, por la cima, por la cumbre, por la eminencia de las razas. Entienden que con el ejercicio se desenvuelven más ciertos órganos y de aquí nacen las nuevas especies. Los individuos primeros de las nuevas especies son como monstruos de las antiguas. Aquella duda profunda del Padre Fuente de la Peña, acerca de si los monstruos lo son ellos ó lo somos nosotros, ha venido á resolverse, según la teoría de Darwin, y resulta que los monstruos lo somos nosotros. El símil de la girafa explica esto que no hay más que pedir. La girafa era en un principio una como cabra montés ó gacela; pero se fué á vivir á parajes donde no había yerba, y tuvo que alimentarse de las altas ramas hojosas de los árboles. Andaba, por lo tanto, casi continuamente estirando el pescuezo y las patas delanteras, y tal fué lo afanoso de este ejercicio durante muchas generaciones, que las patas delanteras y el pescuezo se le alargaron, y casi sin sentir vino á convertirse en girafa. Así, mutatis mutandis, se explica el origen de las demás nuevas especies, cada vez mejores. Aplicada al hombre la susodicha teoría, debe entenderse que el inglés, á fuerza de discurrir y cavilar, ha ido empujando para arriba toda la parte anterior de su cráneo y haciendo más capaces los senos, y más gruesas las protuberancias de la causalidad, comparación y demás facultades mentales superiores. Al mismo tiempo, los laberintos ó circunvoluciones del meollo y encéfalo se han hecho más tortuosos y complicados, de lo cual depende, sin duda, el pensamiento, así como de la masa y volumen de los sesos, que se han hecho mayores. Y, por último, la buena alimentación ha acostumbrado el estómago inglés á extraer y á asimilar á su organismo mayor cantidad de fósforo, que es el ingrediente principal con que el pensamiento se confecciona, según Moleschott, Büchner y un boticario amigo nuestro. Lo que es Edgardo Quinet, en su ya citada Creación, saca de aquí un luminoso corolario. Casi prueba que con el Cesarismo se achican los sesos, se hacen más livianos y tienen menos circunvoluciones. Los sesos de cualquier francés pesan hoy menos y tienen menos laberintos que cuando comenzó á reinar Napoleón III.
De lo que haya de verdad en este modo de explicar el pensamiento, no queremos tratar aquí; pero explíquese el pensamiento como quiera, es indudable, á nuestro ver, que no se ha aumentado en el hombre la potencia ó energía de pensar, desde los principios de la historia hasta el día. En esto no ha habido progreso, ni consiste en esto el progreso. Quien quiera que fuese el autor ó los autores de los más antiguos himnos del Rig-Veda, de los Poemas homéricos, del libro de Job ó de las Institutas de Manú, pensó con más energía y eficacia que Shakspeare componiendo todo su teatro, ó que Newton descubriendo las leyes de la gravitación universal. Dados los pocos medios ó elementos de que entonces se disponía, dado el escaso caudal de saber, adquirido entonces por herencia, cualquiera de los trabajos mencionados presupone un esfuerzo intelectual mil veces mayor; apenas se comprende sin que atribuyamos al autor un poder sobrehumano, una inspiración semi-divina. Los primeros hierofantes de la humanidad, los que abrieron la senda del progreso, el hombre que detuvo
La palabra veloz que antes huía,
el que pensó por primera vez en la primera causa, y el que dió á un pueblo las primeras leyes, fueron superiores á los hombres de ahora, ó al menos iguales á los genios más sublimes que produce ó puede producir en el día la humanidad. Valmiki, Viasa, Zoroastro, Moisés, Sakia-Muni y Homero, si es que el pensamiento es fósforo, gran masa de meollo y muchas circunvoluciones en él, tuvieron todos tantas circunvoluciones como el que más en el día, y tuvieron sesos muy voluminosos y pesados, y consumieron toda una fosforería, destilando y secretando de ella mil ideas sublimes en la retorta del cráneo. Damos, pues, por seguro que no ha consistido el progreso en que una familia ó varias, ó cierto número de individuos, hayan ido elevándose y haciéndose superiores á los otros, sino en que de la superioridad primitiva de algunos individuos ó familias han ido poco á poco haciéndose participantes los demás, y subiendo por la educación y por las mejoras sociales al mismo nivel de moralidad y de inteligencia, hasta donde esto es posible, dada la desigualdad de aptitudes que la naturaleza pone en nosotros. También ha consistido, y consiste el progreso, en el caudal de saber y de experiencia que se transmiten las generaciones de unas en otras, caudal que ya no se perderá nunca y que irá creciendo cada día, con el trabajo incesante de los futuros pensadores.
Entendido así el progreso, debe considerarse además que la marcha ascendente de la humanidad no se ha realizado siempre en el mismo punto, ni entre las mismas tribus, naciones ó gentes. Desde el primer albor de la historia hasta los tiempos de Ciro, el grande impulso civilizador estuvo en Asia; desde Ciro hasta Alejandro, Asia y Europa se disputaron el cetro de la civilización, y, por último, Europa le adquirió entonces, y si bien en cierto período, desde el siglo V al XII de nuestra Era, se diría que se le iba cayendo de la mano, y que Asia le recogía y volvía á empuñarle, hoy más que nunca Europa le mantiene.
Si echamos la vista sobre un mapa del Mundo Antiguo, veremos que Europa es como una extremidad de Asia; como la sexta parte de aquel gran continente. Las razas y la civilización de Europa de Asia han venido. Es, pues, extraño y parece anormal que estas razas, que son las mismas en Asia y en Europa, y esta civilización que en Asia tuvo origen, florezcan hoy en Europa, y en Asia estén como adormecidas ó aletargadas. Es evidente, en nuestro sentir, que en Asia han de renacer. No creemos, como generalmente se cree, que los pueblos, las grandes familias humanas, cumplen su misión y mueren luego. No creemos que la vida toda del Asia se haya agolpado y como refugiado para siempre en este extremo que se llama Europa, y que, últimamente, hasta haya abandonado la mejor y mayor parte de este extremo, y haya ido á localizarse y á circunscribirse sólo en las últimas tierras y naciones del Noroeste. Aunque este fenómeno singular se advierta ahora, hace tan poco tiempo que se advierte, que no puede ni debe mirarse sino como un accidente momentáneo en la historia del mundo. ¿Qué son tres ó cuatro siglos, á lo más, durante los cuales Inglaterra, Francia y Alemania pueden reclamar con razón la supremacía, comparados con los veinte ó veinticinco siglos que duró la civilización griega desde Hornero hasta Láscaris, y con los millares de años que han durado las civilizaciones orientales?
Estos pensamientos explican por qué los hombres del Occidente de Europa volvemos la vista con tanta curiosidad hacia el Oriente, de donde nos vino la luz, y por qué es tan fecundo todo recuerdo de las pasadas civilizaciones.
Desde mediados del siglo XV hasta fines del siglo XVI podemos marcar en la historia de la moderna Europa una época, que llaman del Renacimiento: la época en que revive ó renace la antigua civilización greco-romana y obra los portentos de que hemos hablado al comenzar este escrito. Hoy, esto es, desde un siglo ha, podemos afirmar que hay algo como otro renacimiento, el cual también será fecundo: un renacimiento de la ciencia, las lenguas, las religiones y las literaturas del Asia.
Prolija tarea y harto superior á nuestras fuerzas sería trazar aquí á grandes rasgos la historia de este Renacimiento oriental. No incumbe tampoco á nuestro propósito el hacerlo. Baste decir, que lo que más nos interesa, y lo que en efecto se puede tener por demostrado hasta la evidencia, es nuestro cercano parentesco con los indios y con los persas, cuyos antepasados vivieron reunidos á los nuestros en época remotísima, difícil aún de determinar, al Norte del Cáucaso indiano. Esta sociedad primitiva, pueblo ó tribu, es la raíz y el tronco de una gran raza civilizadora y progresiva en alto grado, que ha extendido sus ramas frondosas y cargadas de flores y frutos desde Ceilán hasta Islandia, dilatándose más tarde por toda la extensión de ambas Américas. Esta gran raza civilizadora se llama indo-europea ó japética; el pueblo primitivo de que procede se llama los Arios. Otros pueblos de otras razas los precedieron y formaron grandes centros de civilización antes de que los arios apareciesen: tales son los chinos y los egipcios. Hay quien conjetura que hubo otros centros de civilización, como el de los atlantes, cuyo dominio se extendía por un continente inmenso, colocado entre Europa y América, y que se tragó la mar. Supónese asimismo que los pueblos semitas, esto es, los árabes, los hebreos, los caldeos y asirios, ó más bien el tronco de que salieron, estuvo en época remotísima unido también al tronco ario. Esto, con todo, ni siquiera por indicios puede rastrearse. Ni en los idiomas semíticos hanse hallado hasta ahora bastantes voces ni formas reductibles á las de alguna lengua ariana, ni tradiciones autorizadas y concordes nos hablan de esta unión primitiva. Los semitas aparecen en la historia viviendo más hacia el Occidente que los arios; en las llanuras que bañan el Tigris y el Eufrates.
En dichos tiempos, llamados con elegancia por Edgardo Quinet los propileos de la historia, figuran, además, otras razas blancas ó amarillas, en guerra constante con los arios, y á quienes se designa con el nombre de turanienses ó turaníes. El país que se extiende desde el Oriente del Mar Caspio al Imaus, regado por caudalosos ríos como el Jaxartes y el Oxo, en cuyo centro está el Lago Aral, y donde aun se ostentan ricas y famosas ciudades como Kiva, Bucara y Samarcanda, era el Turan antiguo ó la tierra por excelencia de los turaníes; tal vez los mismos hombres á quienes llama la Biblia los pueblos de Gog y de Magog.