Es de advertir que algunos de los investigadores ó fantaseadores de la más antigua historia del humano linaje, antes de esta división entre turaníes y arios, suponen todas estas razas mezcladas y viviendo aún más al Norte, en un país delicioso y ameno, más allá de las montañas Rifeas, montañas que podemos colocar donde se nos antoje. Las antiguas fábulas griegas hablan de estas montañas Rifeas y del hermoso país de los felices hiperbóreos, el cual estaba más allá del punto desde donde sopla el Bóreas, causa del frío, y, por consiguiente, era un país templado, fértil y de suavísimo clima.
Rodier supone á estos hiperbóreos, á quienes llama proto-scitas, esparciéndose ya por el mundo y colonizando la Europa, unos 25 ó 26.000 años antes de la Era Cristiana. Los restos de las Edades de Piedra y de Bronce, las poblaciones lacustres, los cráneos hallados en las cavernas, y á los que se atribuye una antigüedad portentosa, pueden creerse de estos proto-scitas primitivos pobladores de Europa.
La geología y la paleontología han venido á prestar un auxilio poderoso á la arqueología y á la historia, á fin de afirmar la grande antigüedad del género humano. Con todo, si bien dichas ciencias prueban, en nuestro sentir, que esta antigüedad es grande, ni la fijan ni la determinan. La misma discordancia de opiniones entre los geólogos convida al escepticismo. Cierto es que todos convienen en que las armas de sílex y otros restos de la Edad de Piedra suponen millares de años; pero los cálculos varían mucho. Unos, como Bergmann, dan á los objetos que han visto una antigüedad de 25.000 años; Lyell una antigüedad de 100.000; Bronn llega á suponer que tienen 158.000. Todos estos geólogos, y otros muchos, como Boucher de Perthes, Falconer y Prestwith, podrán acertar sin contradecirse, porque podrán ser distintos los objetos que han observado, y la Edad de Piedra no es sincrónica en todas las regiones del globo y entre todas las razas. La Edad de Piedra dura aún en algunas.
De todos modos, la geología y la paleontología se ligan hoy íntimamente con el estudio de la historia. La Historia Universal, publicada en Francia, bajo la dirección del Sr. Duruy, por una sociedad de sabios, como allí suelen llamarse cándidamente á sí mismos los escritores, sin oponerse esto á que, en efecto, lo sean, va precedida de un tomo titulado La Tierra y el Hombre, obra del ilustre Alfredo Maury, miembro del Instituto. Puede calificarse esta obra de una verdadera pre-historia, y contiene la geología, la historia de nuestro globo antes de la aparición del hombre, su aparición, y la descripción de las diferentes razas humanas y de las lenguas y religiones. Esto manifiesta el enlace de dichas ciencias con la ciencia histórica. No se ha de negar, sin embargo, que la cronología de los geólogos es una, y la de los historiadores, en cierto modo, es otra.
Las armas de sílex, otros instrumentos y utensilios de una industria grosera, tal vez alguna imagen rudamente esculpida en un hueso ó en una piedra, imagen de algún animal que ya no existe, ó el hueso mismo de algún animal, como el Bos priscus, el Ursus spelæus ó el Rhinoceros tichorinus, herido por un arma, todo esto podrá demostrar la presencia del hombre en el período cuaternario, quizá al fin del terciario, en los terrenos llamados pliocenos, y dejar así abierto y despejado un inmenso espacio de tiempo de 40.000 ó 50.000 años si se quiere, para que la historia pueda extenderse por él; pero la verdadera historia no empieza sino donde empieza el recuerdo de la palabra humana, cuyos documentos son la escritura, ya hieroglífica, ya cuneiforme, y á todo lo cual pueden añadir algunos indicios la filología comparativa y el estudio de las más antiguas religiones y mythos. Este último estudio tiene, sin embargo, el escollo de hacernos incurrir en un evhemerismo exagerado; esto es, de hacernos prestar una realidad y una consistencia históricas á lo que no fué acaso sino una mera alegoría ó cuento fantástico naturalista, convirtiendo en reyes á los dioses y en sucesos de la tierra á los sucesos soñados en espacios imaginarios, celestes ú olímpicos. Así, por ejemplo, Rodier convierte decidida y resueltamente en personajes reales, no sólo á Osíris y á Thoth, sino también á los dioses egipcios más primitivos, como Phré y Phta, haciendo de esta suerte que comience la historia de Egipto más de 30.000 años antes de la Era Cristiana.
En efecto, la civilización egipcia parece ser la más antigua de la tierra; pero de ningún modo podemos creer que empiece en época tan distante. Y limitándonos nosotros á los Arios y á los demás pueblos del Asia central que estuvieron en relaciones con ellos desde el principio de la historia, diremos que ni Rawlinson, ni Layard, ni Duncker, ni Grimm, ni Max Müller, ni Lassen, ni Lenormant, ni Weber; ni ningún otro de los más eminentes historiadores, arqueólogos y filólogos orientalistas, dan mayor antigüedad á la literatura védica que unos dieciséis siglos antes de Cristo; á la primera dispersión de los ários, 3.000 años, y á sus sucesivas inmigraciones en Europa, de 2.000 á 1.000; todo lo cual puede, ó casi puede, conciliarse con la cronología de la Biblia, larga y generosamente explicada. Dentro de este gran período de tiempo de 3.000 años, ó mejor dicho, de 2.500, terminando el período en el origen de la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo, así como caben con holgura los sucesos históricos que refiere la Biblia, caben también todos los sucesos que las tradiciones orientales, los libros sagrados, como el Vendidad y el Desatir, las epopeyas, como el Ramayana, el Mahabarata y el Shah-nameh, y las inscripciones cuneiformes y demás antigüedades de la India, la Persia y el Asiria, refieren ó indican con un carácter verdaderamente histórico, y que no son meramente un mytho ó una alegoría.
Imaginemos ó conjeturemos en época anterior un reino ó imperio en el país primitivo de los arios antes de su división ó cisma en iranienses é indios. Este país se llama Ariana-Vaega. Allí reinaron sucesivamente cinco dinastías de reyes. Los fundadores de estas dinastías, y aun algunos otros reyes, fueron santos, legisladores ó profetas. Así, Mahabad, quien dicen haber sido el mismo Manú; así, Dji-Afrans, Cayumer y otros, hasta Djemschid, el Salomón de los persas, á quien los orientales han convertido en rey de los Genios.
Durante todo este período, los celtas, los primitivos germanos, los primitivos griegos ó jaones y otros pueblos de raza japética, se van separando de los arios y emigrando hacia el Asia occidental y la Europa. Posteriormente, pero también dentro de este período, los indios y los iranienses se separan; y, por último, el país de Ariana-Vaega es abandonado, ó por una inundación ó diluvio, ó porque se convierte en muy frío, y los iranienses fundan un imperio más al Sur, tal vez en la Bactriana y Aria antiguas, extendiéndose por la Partia y la Hircanía, ó sea en el Afganistán y el Corazán de ahora. Este nuevo Imperio se llama Vara. Djemschid le funda, y otro Djemschid, ó el mismo Djemschid, le pierde, porque los personajes mythicos ó semi mythicos viven siglos y siglos. Zohac, caudillo árabe, le vence y le destrona.
Supongamos, además, que este Zohac conquistase el reino de Djemschid, y le venciese, no 7.048 años antes de Cristo, como pretende Rodier, sino unos 2.200 ó 2.300 años antes de Cristo, como pretende Gobineau en su Historia de los Persas, haciendo á Zohac contemporáneo de Nino, y equiparándole ó confundiéndole con el Areo de los escritores clásicos. Apoyados ahora en estas suposiciones y en las fechas que señala Rodier con exactitud portentosa, fijemos en el año 2284, en que fué el advenimiento de Nino, rey de Asiria, el principio de la historia que tiene ya algo de seguro.
Tengamos por inseguro y mythico cuanto ocurre antes y concretémonos al período en que prevalece Asia sobre Europa; esto es, hasta la guerra médica, unos 500 años antes de Cristo. Nos queda, pues, un espacio histórico de cerca de 1800 años, desde Nino hasta el primer Darío, dentro del cual se nos ha ocurrido ir escribiendo y colocando una serie de leyendas ó novelas, en donde la imaginación ó la inspiración, si Dios quiere enviárnosla, complete y aclare la historia, la cual, á pesar de los trabajos de Rawlison, de Gobineau, del mismo Rodier y de otros muchos autores que ya hemos citado ó que nos excusamos de citar, nos deja, como vulgarmente se dice, á media miel sobre los más famosos personajes y los más estrepitosos acontecimientos. No despreciaremos tampoco todo lo que se cuenta de edades anteriores á Nino, y aprovecharemos las tradiciones confusas, las epopeyas y las relaciones de los libros sagrados, para que los casos de esas edades anteriores á Nino sean como el fundamento y el antecedente de nuestras leyendas, y al mismo tiempo lo que crean y afirmen sus héroes, cuando les hagamos entrar en agradables coloquios.