No se echen á temblar nuestros lectores juzgándose amenazados de una obra interminable. Sin duda en mil ochocientos años caben novelas y leyendas infinitas; pero nosotros somos infecundos y perezosos, y más pecaremos por escribir pocas novelas ó leyendas para justificar este prólogo ó introducción, que por escribir demasiadas. Todavía escribiremos menos si no gustan las primeras que escribamos. Por último, cada una de nuestras leyendas será breve de por sí, y no entraremos en las menudencias y prolijidades en que entran y caen los que escriben novelas de tiempos más cercanos á los nuestros, como de la Edad Media ó aun de época más moderna, de los cuales tiempos nada se ignora, y aun la historia que no tiene el recurso de imaginar, va siendo ya harto prolija y algo pesada, contándonos hasta los ápices al parecer más insignificantes. Por esto precisamente, deseando dar vuelo y rienda suelta á nuestra fantasía, nos hemos refugiado en el antiguo Oriente. Barante, por ejemplo, ha llenado con la historia de seis Duques de Borgoña más volúmen de lectura que el que forman acaso todos los historiadores griegos y latinos que aún quedan, y donde se refieren los acontecimientos de miles de años, y el principio, crecimiento, decadencia y caída de una multitud de imperios, repúblicas y monarquías. Si Barante, limitándose á lo histórico, escribe tanto sobre seis Duques de Borgoña, ¿á dónde iríamos á parar, si sobre lo histórico quisiésemos recamar, bordar y completar con la fantasía? Por esto, repetimos, nos vamos al antiguo Oriente. Allí donde la ciencia no llega, es donde la imaginación y la poesía deben volar.

Otra razón nos impulsa también á escribir estas leyendas. Deseamos divulgar un poco la literatura oriental antigua y empezar á emplearla en nuestra moderna literatura española. En Francia y en Inglaterra y en Alemania, el renacimiento oriental, de que hemos hablado, deja, tiempo ha, sentir su influjo en el arte y en la poesía. En España aún no se nota nada de esto.

En Alemania, el Mahabarata, el Ramayana, el Shah-nameh, los Vedas, ó han sido traducidos en verso, ó han inspirado ya bellas poesías. En Francia, desde los lindos cuentos de Voltaire, el antiguo Oriente ha dado asunto feliz á muy amenas narraciones. ¿Por qué hoy, que se conoce mejor el antiguo Oriente, no hemos de aspirar á algo semejante en España? Se me contestará que carecemos del ingenio de Voltaire, y que El toro blanco, Zadig y La Princesa de Babilonia, son inimitables. Procuremos, con todo, aproximarnos á esos modelos. De tiempos antiguos se han escrito en Francia últimamente muy primorosas novelas, como La Momia y La Corte de Merodac-Baladan, de Teófilo Gauthier, y Calirhoe, de Mauricio Sand. Sírvanos esto de estímulo.

De Grecia y Roma, mientras duró el impulso que imprimió el Renacimiento clásico en la moderna literatura, se escribieron novelas, poesías y leyendas, algunas muy eruditas, agradables y celebradas, como los Viajes de Antenor y los Viajes de Anacarsis. Algo parecido pudiera con general aplauso escribirse del antiguo Irán, de Asiria, de Babilonia, de Media ó de Persia. Pero no presumimos de ser capaces de tanto. Nuestro propósito es escribir una obra de mera imaginación sobre el fundamento de un escasísimo saber, que sólo es necesario para que sirva como de pauta y cañamazo á nuestros fantásticos bordados. Tal vez, si en algo acertamos, se animen otros á escribir con más tino, discreción y conocimiento del asunto.

Éste, no sólo es vasto, sino seductor y apetitoso. La rapidez con que en los libros sagrados y antiguos poemas aparecen ciertos personajes, y se fijan en nuestra mente de un modo indeleble, como si los hubiésemos conocido y tratado, y luego se pierden y se desvanecen, sin que se sepa más de ellos, induce y solicita á buscarlos con la fantasía y hasta en sueños, á fin de completar y acabar la historia de su vida.

Sin citar para ejemplo más que á algunos personajes de la Biblia, por ser más conocidos de todos, ¿quién no siente curiosidad de saber cómo se llamaba la mujer de Putifar y qué fué de su vida después de aquella terrible pasión y de aquel cruelísimo desaire que recibió de Josef el Casto? ¿Pues, y la Reina Vastí? ¡Apenas si interesa la Reina Vastí! ¿Qué fué de ella, después que la repudió el Rey Asuero, por demasiado pudorosa; por no querer presentarse á lucir su hermosura, delante de todos aquellos Príncipes y Sátrapas borrachos y libertinos, que su marido, borracho también, tenía congregados en su gran palacio de Susa? Del Rey Asuero nadie ignora que, después de repudiada Vastí, hace reunir de todas las provincias del Imperio las más gallardas doncellas, las cuales van entrando una á una en su cámara, no sin pasar antes un año en lavatorios, sahumerios, unciones con bálsamos y pomadas y otros cien mil preparativos para que estuviesen bien adobadas y lustrosas, y de todas estas doncellas, previo un examen profundo, elige por reina á Ester: pero de la pobre Vastí, nadie vuelve á acordarse. Díganme si no es este un asunto para una novela sentimental, que mejor pudiera llamarse lastimosa, si no temiésemos el equívoco. Más bello asunto sería aún, si cabe, el de los amores de Salomón con la discreta y bella Reina de Sabá, que vino á verle con tanta comitiva y séquito, que le propuso tanta pregunta difícil, y que tan enajenada quedó de la sabiduría de Salomón y de la magnificencia y esplendor de su corte. Como todo esto sólo está indicado y dicho en brevísimas palabras en la Biblia, se siente un vivísimo deseo, al menos nosotros le sentimos, de acudir á las inscripciones y á las tradiciones, ó de pedir á Dios segunda vista histórica para adivinar los pormenores que faltan, empezando por el nombre propio de la Reina de Sabá, y para escribir las relaciones que tuvo con el hijo de David, y demás casos ocurridos entonces. Lo propio que decimos de los personajes bíblicos, puede decirse con no menos razón de los personajes que figuran en las historias y poemas arios. Mucho nos han interesado hasta aquí Agamenón, Ulises, Aquiles, Temístocles y Epaminondas: mucho nos han encantado los poetas griegos, pero más nos interesan hoy los personajes arios y más los cantos de las Vedas. Se diría que por el espíritu están más cerca de nosotros. Los vemos tan bien y tan íntimamente, que se siente uno inclinado á creer en la metempsícosis y á recordar la vida que tuvo en Ariana Vaega, ó en los tiempos de Djemschid ó de Feridum. Agni, Indra ó Aura-Mazda, nos parecen más divinos que Vulcano, Júpiter ó Saturno. Todo el desenvolvimiento ulterior de la civilización moderna europea se nos presenta como en germen en aquella primera civilización oriental. No se extrañe, pues, que hayamos elegido este asunto de las leyendas del antiguo Oriente, ni se tilde de difusa la introducción. Antes bien, se nos quedan no pocas cosas por decir: pero todo lo que aun queda irá saliendo en las leyendas, las cuales aparecerán poco á poco en esta Revista de España, y más tarde, si Dios nos da salud y si el público no nos desdeña, formarán dos ó tres volúmenes separados, quizá de nada ingrata lectura. Bueno es que España contribuya también, aunque sea pobre y modestamente, ya que no á lo que hemos llamado y debe llamarse Renacimiento oriental, al influjo de este renacimiento en la literatura y en la poesía de la moderna Europa.

Vamos á retroceder con el espíritu hasta las edades primeras de la humanidad que la historia ilumina algo con sus fulgores, y vamos á pintar, sin embargo, portentosas civilizaciones y á presentar personajes, no inferiores en nada, tal vez superiores á los del día. Ya hemos explicado cómo comprendemos el progreso. Le comprendemos por el caudal acumulado por herencia y por la difusión y divulgación del saber y de la moralidad en mayor número de personas, familias, tribus y naciones. Mas creemos asimismo que, para que el progreso se realizase, las razas civilizadoras, y singularmente los Arios, desde el principio y más que nunca en el principio, debieron estar y sin duda estuvieron dotados de extraordinarias facultades y de una poderosa iniciativa; prendas que habían de resplandecer más en ellos, mientras permanecieron en toda su pureza y no se mezclaron con otras castas plebeyas é impuras. Pero el mezclarse con estas castas, el no despreciarlas, el bajar un poco hasta su nivel para elevarlas hasta ellos, y el amalgamárselas para fundar la humanidad una, era su misión providencial, era su salvación y su destino. Los que faltaron á esta misión, degradando y envileciendo cada vez más á las castas ó razas inferiores, acabaron por envilecerse y degradarse ellos mismos. Los que hicieron lo contrario realizaron el progreso. El sacerdote egipcio se ha confundido con el felah, y el bramín con el sudra, mientras que el último hombre de nuestros pueblos de Europa se ha elevado.

LULÚ, PRINCESA DE ZABULISTÁN
(FRAGMENTO)