LULÚ,
PRINCESA DE ZABULISTÁN

I.

Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran. Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas emigraciones.

Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados en toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia, tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental.

Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media, esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando pausadamente hacia el ocaso.

Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido motivadas por una violenta é imperiosa necesidad. Los pueblos, por nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas. Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa, movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen en China.

Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego. Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados, pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El audaz linaje de Japet, esta gente europea está dotada de una fuerza de aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora. Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito, ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos? Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania, con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones, ametralladoras y fusiles de aguja de nada nos servirían. Ellos los tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros.