Sea de esto lo que sea, parece cierto que, allá en el siglo III ó IV, después de Cristo, hubo en China una espantosa é inmensa revolución, motivada por el desarrollo del bienestar material de la población y de la riqueza. Lo que llamamos socialismo se manifestó de un modo horrible. Los más bravos, viciosos y audaces entre las clases menesterosas de aquella ingente población, se sublevaron contra los ricos y los dichosos del mundo. Siguióse una tremenda guerra civil y social. Diéronse batallas titánicas en que los hombres murieron á millares y la sangre corrió á torrentes. La sociedad, el orden establecido, la propiedad, triunfó al cabo, y los rebeldes más feroces, acosados por los ejércitos del Imperio y por los hombres de las clases acomodadas, que habían tomado las armas en vista del gran peligro, huyeron hacia el Norte y traspasaron la frontera del Imperio, penetrando en la Siberia ó Tartaria. Esas gentes levantiscas, siendo de la ralea más baja, llevaron consigo al emigrar muy poco de la riqueza acumulada, del capital social que se llama ciencia. Por esto mismo les fué más fácil unirse con tribus tártaras errantes, y de la mezcla provino en breve un pueblo rudo y guerrero. Movido este pueblo en busca de terrenos más fértiles y de clima más suave, y no pudiendo ó no atreviéndose á ir hacia el Sur por el valladar que entonces les oponía el Imperio de los Sasanidas, siguió hacia Occidente y fué impulsando por delante de sí á todas las tribus y naciones arianas de la Escitia, las cuales se hallaban escalonadas en la parte boreal del Asia y aun se extendían por mucha parte de Europa, sobre todo, en las regiones de Oriente.

Explicado así, como parece que satisfactoriamente se explica, el movimiento inicial de la más conocida invasión de los bárbaros y de la caída de Roma, es claro que los pueblos de la Europa moderna tenemos muchísimo que agradecer á los persas, y á Ciro sobre todo; porque si los escitas blancos no hubieran sido contenidos por el valladar que Ciro afirmó é hizo casi inexpugnable, los pueblos de raza tártara hubieran caído sobre Europa sin que los escitas blancos se interpusiesen. Así, en vez de ser casi todos los pueblos de nuestro continente de raza ariana, en lugar de haber venido á mezclarse con los habitadores del orbe latino otros pueblos, arios también, y que habían conservado en el Norte su prístina pureza y estaban más cerca del tronco común, hubieran venido á conquistarnos y á manchar y alterar la limpieza de nuestra sangre los humnos, abominablemente feos y mucho menos inteligentes y civilizables.

Sostienen los fisiólogos, que los pueblos tártaros y mongoles tienen el cráneo más duro y menos flexible que los arios, y que dicho cráneo no cede ni se dilata como los nuestros para dar lugar al desenvolvimiento del seso ó meollo; por donde se ha de presumir que, si tenemos tanto meollo los europeos y si nuestra civilización se ha elevado á tanta altura, se lo debemos á Ciro, gran Rey de Persia, que tuvo á raya á los escitas blancos. Si éstos hubieran invadido la Persia y la India y otras comarcas ó regiones del Asia, quizás la gran civilización estaría ahora por allí. Es innegable, además, que los pueblos neo-latinos, á pesar de nuestra nobilísima estirpe, nos hubiéramos tenido que cruzar con los tártaros, chatos, de ojos oblícuos, de gruesos labios y pómulos salientes, y de este desigual y plebeyo cruzamiento hubieran salido unos mestizos feos de veras, y no las naciones ilustres, hermosas y sabias que encierra en sí la Europa.

Pero dejando esto aparte, pues no es mi ánimo hablar de tiempos tan recientes como los de la caída del imperio romano y fundación de las nacionalidades europeas, tales como son hoy, diré que desde época remotísima, ó bien por efecto de un período glacial de que hablan muchos geólogos, ó bien por otro cataclismo, los arios, que debían vivir en un país bastante al Norte, quizás mucho más al Norte que el lugar que por lo común se les da por cuna, á la falda del Paropamiso, tuvieron que separarse y emigrar. Se dice que los hielos del Polo Norte se derritieron, quizás por efecto de haber tomado la tierra la inclinación que hoy tiene, abriéndose el ángulo que forman los ejes del Ecuador y de la Eclíptica, que antes se confundían y eran un solo eje. Con tan espantosa dislocación, hubo de haber por fuerza un sacudimiento atroz en la corteza sólida de nuestro globo, que haría reventar no pocos volcanes; un diluvio punto menos que universal, y, por último, unos fríos tremebundos.

Por este motivo, y en Era muy distante de nosotros, esto es, 24.000 años antes de la Era Cristiana, según Rodier y otros audaces cronologistas, fué la primera dispersión de los arios. Nosotros, en la introducción á estas leyendas, hemos mostrado ya un escepticismo prudente acerca de este punto. No negamos ni afirmamos nada: hacemos una distinción. Á los geólogos prehistóricos no les negamos sus descubrimientos. Queremos conceder que sus armas y utensilios de piedra, sus fósiles y sus poblaciones lacustres, puedan tener acaso mayor antigüedad que los indicados 24.000 años; pero, históricamente, poco ó nada se sabe ni puede afirmarse sobre los primeros 21.000. No es negar que hubiese historia tres mil años antes de Cristo: es afirmar que esta historia se ha perdido en muchos países, y que en otros se halla tan desfigurada por las fábulas, que es imposible distinguir el cielo de la tierra, los reyes de los dioses, los vanos ensueños poéticos de la fantasía de la maciza y tangible realidad de las cosas. Sin duda, muchos grandes diluvios sucesivos, aunque parciales, bastante grandes para destruir casi por completo naciones y razas enteras, destruyeron también los anales, si ya los había, ó borraron ó confundieron en la memoria de los hombres los hechos de sus antepasados.

Si no estoy trascordado, el primero que explicó el diluvio universal, dándole por causa la fusión de los hielos del Polo Norte, fué Bernardino Saint-Pierre, el cual escribía preciosas novelas de ciencias naturales, harto más bonitas que las de Julio Verne en el día. Posteriormente se ha inventado la periodicidad de los grandes diluvios, y el Polo Sur alterna con el Polo Norte en el oficio de causarlos. Ya hemos dicho que 24.000 años antes de Cristo fué el Polo Norte quien causó un diluvio. En el reinado de un rey indio, llamado Satyaurata, parece que hubo otro diluvio causado por los hielos del Polo Sur. Este diluvio, dicen algunos sabios, que fué el que anegó á casi todos los hijos de Sem, menos á los que se refugiaron en los montes de Armenia; en suma, fué el diluvio de Noé, referido en la Biblia. Todavía, por último, unos 2.400 ó 2.300 años antes de Cristo, como quien dice ayer de mañana, para quien da tan estupenda antigüedad á nuestra especie, se imagina otro gran diluvio que acabó con casi todos los griegos, y que también se recuerda en China, bajo el nombre de diluvio de Yao. Al Polo Norte le tocó hacer el papel de promovedor de este diluvio, el cual hundió la Atlántida y sepultó bajo las arenas y piedras que trajeron consigo las aguas impetuosas los utensilios, armas y habitaciones, y los cuerpos mismos de los primitivos pobladores de Europa, de los hombres de la Edad de Piedra, que hoy los sabios están sacando á relucir.

De todo esto se deduce, á mi ver, que poco ó nada se sabe de los principios de nuestra especie, y que apenas hay ciencia más obscura y contradictoria que la cronología de las primeras edades del mundo. En cuanto á los diluvios fuerza es creer que ha habido uno universal, ya que así lo afirman nuestras Sagradas Escrituras; pero podemos poner en duda esos enormes diluvios parciales causados por los hielos del uno ó del otro polo en ciertos períodos.

Tal vez basten las fuerzas permanentes de las aguas y de los volcanes, en la larga serie de siglos, según la teoría de Lyell, para cortar istmos y abrir estrechos, allanar valles y aupar montañas, cambiar la posición de los continentes y de las islas, y transformar la tierra en mar y la mar en tierra.

La idea de Adhemar, que fué el inventor de los diluvios periódicos, parece una renovación de la Kalpa ó del día y la noche de Brahma, que duraba 432 millones de años, ó del año grande de los egipcios y de Orfeo; sólo que en vez de durar este período por lo menos 120.000 años, dura 21.000, según Adhemar. Este año grande, de los dichos 21.000 años, tuvo su verano máximo para nuestro hemisferio boreal, en 1248, reinando San Fernando en Castilla. Desde entonces los veranos de todos los años van menguando y van creciendo los inviernos, hasta que llegue el año de 6498 de Cristo, en el cual los veranos y los inviernos serán exactamente iguales en ambos hemisferios. Á lo que parece, en los momentos de esta igualdad está el grave peligro. Los hielos que se han ido amontonando en el Polo Sur, durante el largo invierno de 10.500 años, que por allá hay, se derretirán, buscando el equilibrio, y habrá un nuevo diluvio que tal vez destruya casi todo el humano linaje. En suma, y sin entrar en reconditeces astronómicas, cada 10.500 años hay ó debe haber un diluvio, que se va preparando lentamente con la aglomeración de los hielos, ya en un Polo, ya en otro, á causa del mayor frío que hace alternativamente, ora en el hemisferio austral, ora en el boreal. Como el nuevo diluvio está anunciado para el año de 6498, es claro, como la luz del día, según Adhemar, que el diluvio próximo pasado ocurrió en el año de 4002 antes del nacimiento de Cristo. Se conoce que Adhemar no ha querido disgustar al Padre Petavio, y su último diluvio coincide, sobre 100 años más ó menos, con el de Noé.

Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico; una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos, y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka, capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron. Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico, sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que contar los hechos de Rama, tendría que apelar á los críticos y cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo; otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día 7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor; quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros.