Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo, propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo, con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión de cada sabio entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto: leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en punto á cronología.
En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador, profeta, semidiós ó dios antediluviano.
Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre Petavio, le coloca nuestra Guía de Forasteros. Una vez sentado y admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos y desarrollos de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien le nombró luego su primer Ministro.
Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna, que por todos estos nombres es conocida. El rey ó Faraón, que por entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los egipcios.
En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas, protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka, capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún.
Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido. Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia, Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la historia de los caldeos, asirios y babilonios. Merced á tan raros trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología, la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid, en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de Nabucodonosor I.
Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios, en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la historia de los antiguos imperios del Asia. Recientes descubrimientos la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo, tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con prueba plena.
Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria anterior á Nemrod.
Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya capital fué Ur, á orillas del Eufrates.
Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de los cusitas ó caldeos.