El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio de las Cuatro Razas. Aquel fuerte cazador delante del Señor tuvo por súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó etiópico.
De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún se descubren vestigios.
Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y restableció el Imperio, por breve tiempo.
Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas.
Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino, tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central.
Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega. Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro, están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos del tiempo de los Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el Shah-Nameh ó Libro de los Reyes. Á imitación y como continuación del Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros Namehs ó Libros, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y fecundos. Hay el Gerschap-Nameh, el Barsu-Nameh, el Djusgan-hir-Nameh, el Feramur-Narneh, el Banu-Guyasp-Nameh, el Bahman-Nameh, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises, Esplandianes y Lisuartes; ó si los Namehs, con las hazañas y guerras que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los sucesos referidos por Firdusi y otros épicos de Persia pertenecen á la historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo, refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el Vendidad y el Desatir, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran dehkanes, esto es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre casa, cuyas genealogías debieron guardarse.
En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro, deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.
En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors, Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas blancos.
Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid, emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga. Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á Gobineau en su Historia de los Persas, quien hace que viva y reine Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.
Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo nuestra historia.