II.
Vesila-Tefeh, por más que parezca inverosímil, estaba situada en medio de las que son hoy áridas estepas por donde vagan los kirguises. En la orilla Norte del Sir ó Jaxartes se parecía la hermosa ciudad, cuyas casas y palacios se reflejaban en las aguas del caudaloso río. El Imperio de que era capital se extendía por el Sur hasta el Oxo ó el Amú-Deria. Más allá, un arenoso desierto. Otro desierto arenoso le separaba por el Oriente de la Sogdiana. Por el Occidente tenía por límites el Caspio y el Aral, que entonces formaban un mar solo. Por el Norte no conocía otros términos ó fronteras que la mayor ó menor pujanza de los escitas, vasallos del Rey Tihur, para tener á raya á los pueblos nómadas y enteramente feroces que iban errando por los páramos boreales. En suma, los dominios del Rey Tihur, eran como un oasis de cultura, como una isla civilizada en medio de un Océano de barbarie.
Á pesar de este aislamiento, los escitas de Vesila-Tefeh dejaron memoria de sus virtudes y de su ciencia aun entre los mismos griegos, tan vanidosos. Zalmoxis, Abaris y otros filósofos escitas se cuenta que llevaron á Grecia religión, oráculos, ritos y misterios profundos. La fama lejana de estos escitas hizo nacer sin duda en Grecia la fábula de los felices hiperbóreos, que vivían en un país feraz y rico, y que componían y cantaban los himnos más bellos que imaginarse pueden, por ser muy amados de Apolo. Ello es que, muchos siglos antes de que en Grecia escribiesen Homero, Herodoto y Esquilo, y aun antes de que á Grecia llevasen los fenicios la escritura, florecía Vesila-Tefeh con extraordinario florecimiento. Regado el fértil terreno por las aguas de siete ríos, de muchos arroyos y de numerosos canales, estaba cubierto en partes de hermosas huertas y jardines. No faltaban bosques umbríos de pinos, abetos y robustas encinas. Había campiñas extensas donde se producía trigo en abundancia, y sobre todo dilatadísimas dehesas cubiertas de fresca y larga hierba, donde pastaban numerosos rebaños. Pero la más envidiable calidad del País de los Siete Ríos, que así se apellidaba el reino de Vesila-Tefeh, era la abundancia de oro. Los esclavos de los escitas, no sólo sacaban el oro lavando las arenas, sino también ahondando tenazmente con instrumentos de bronce en el seno de las montañas. Los rusos han descubierto muchos restos de estas antiquísimas minas, á las que llaman, no sé por qué, pozos fínicos. Nadie duda que los rudos tártaros, que hoy habitan en las vertientes del Ural, tanto en Kirguisia como en Siberia, son y han sido siempre incapaces de ejecutar para sí tan hábiles trabajos, los cuales no pueden menos de atribuirse á los antiguos escitas. Y digo para sí, porque en realidad los tártaros, la gente de raza amarilla y no pocos hombres de raza cusita ó etiópica, reducidos á la condición de esclavos, eran los que laboreaban las minas bajo la dirección de los escitas-arios. Éstos, como raza dominante y noble, se hubieran deshonrado ejerciendo cualquier otro oficio que no fuese el de pastores, el de la guerra, la caza y la agricultura. Multitud de esclavos de raza amarilla y etiópica se empleaba en los menesteres más bajos y mecánicos. Otros esclavos semitas hilaban y tejían la lana, el lino y el cáñamo; forjaban las armas y utensilios de bronce, porque el hierro no se trabajaba aún; curtían y adobaban las pieles; desempeñaban varias industrias más elegantes, y hacían, por último, el comercio.
Dificultoso era venir desde Nínive ó desde Babilonia trayendo mercaderías hasta Vesila-Tefeh. Pero, ¿qué no vencen el interés y la perseverancia del hombre? Los dos emporios principales desde donde se hacía el comercio entre el Sur del Asia y nuestros escitas, eran el Chersoneso Táurico y Colcos. Las caravanas que salían de Cherson tenían que sufrir grandes trabajos, atravesar países desiertos ó habitados por tribus feroces y pasar ríos caudalosos como el Tanais, el Rha y el Daix, que hoy se nombran el Don, el Volga y el Ural. Todo esto se hacía, sin embargo, y el antiguo camino de los mercaderes que señala Herodoto, cruzaba por la parte septentrional del reino de Vesila-Tefeh y se prolongaba hasta la China. Desde Colcos, más activo emporio aún en las edades remotas, se iba también hasta Vesila-Tefeh, aunque exponiéndose á peligros gravísimos que la imaginación magnificaba, pues era necesario salvar torrentes ó ríos impetuosos como el Kur, cruzar los desfiladeros del Cáucaso ó Montaña Sagrada, donde vivía el pájaro inteligente llamado Karshipta, y discurrir por comarcas donde moraban gentes tan fieras, que la fantasía del vulgo las había trocado en monstruos, bajo los nombres de arimaspes, grifos y gorgones.
Á pesar de todo esto, Vesila-Tefeh era un gran mercado; un centro comercial importantísimo. De China venían sedas y objetos de marfil labrado; de Siberia preciosas pieles; de la Arabia plumas y aromas, y de la India especierías y tejidos de algodón, delicados y aéreos. En las comarcas meridionales del Reino de Vesila-Tefeh, hacia donde están hoy Kiva, Samarcanda y Bucara, se daba ya entonces el algodón como se da ahora, pero sólo se fabricaban telas groseras. Las finas y perfectas venían de la India por Colcos. Este comercio, que hizo Colcos durante muchos siglos, en telas de algodón, excitó, según algunos graves economistas, la codicia de los griegos y promovió la expedición de Jason y de los argonautas y los infortunios y horrorosa venganza de Medea. Jason iba á establecer una factoría en Colcos y el famoso Vellocino de oro no era más que percal, gasa, muselina ó cotonía. Tal vez algún etimologista ingenioso se atreva á sostener, en confirmación de lo dicho, que la palabra colcha viene de Colcos ó de Colchida, puesto que las colchas son de algodón casi siempre. Otros autores aseguran, á pesar de todo, que el Vellocino dorado no era una tela de algodón, sino una zalea, adobada y preparada de un modo tal, que lavando en ella las arenas auríferas en que los ríos de Colcos abundan, los granitos y pajitas de oro se quedaban adheridos á la lana. Dícese que todavía, no ya sólo algunos pueblos del Cáucaso, sino también los kirguises, se valen de semejante método prehistórico para extraer el oro de las arenas. Pero dejemos á un lado esta cuestión, pues importa poco á la exactitud y escrupulosa verdad de nuestra historia.
Otro medio había también de comunicarse con el país de los Siete Ríos, pero era no menos difícil y peligroso. Era este medio atravesar todo el mar Caspio ó de Hircania, mar proceloso y de muchos bajíos, y harto mayor entonces que ahora. Acrecentaba la dificultad el no conocerse entonces, no ya el vapor como fuerza motriz, pero ni siquiera el uso de las velas. Las embarcaciones eran chicas y poco sólidas y se movían á remo por fornidos esclavos. Aun así, es evidente que mientras floreció el Imperio de Vara, Djenschid y sus sucesores sostuvieron por mar, con los reyes de Vesila-Tefeh las relaciones más cordiales, frecuentes y provechosas para unos y otros súbditos, los cuales se reconocían como hermanos, por ser arios de la misma estirpe y procedencia. Caído el Imperio de Vara bajo el poder del tirano Zohac, casi habían acabado estas relaciones. Los iranienses gemían bajo el yugo, si bien en las montañas del Elburz se sostenían independientes algunos valerosos. Sabíase en Vesila-Tefeh que un ilustre descendiente de Djenschid, llamado Abtian, los acaudillaba, pero ni tenía plaza fuerte, ni morada fija, sino las breñas y las cavernas. Sólo en la cumbre elevadísima del monte Demavend, en el castillo inaccesible de Selket, el más ilustre de los pelavanes, ó guerreros nobles, ondeaba aún la antigua bandera del Irán. Amol, Raga y otras ciudades del Elburz gemían cautivas y tenían guarnición asiria ó árabe.
Dos reinos arianos había en las orillas meridionales del Mar Caspio, pero se habían hecho tributarios de Zohac y de Nino. Uno de estos reinos era el de los medos, al Oriente, donde imperaba Kus-Pildendan. El otro, al Occidente, donde está hoy el Ghilan, era el reino escita de Matjin; su capital, Zibay; Behek su monarca.
La catástrofe del imperio de Vara, desde que llegó á noticia de los vesilianos, había conmovido hondamente los corazones. Todos querían socorrer á los pocos que peleaban aún por la independencia y por la ley pura: pero ¿cómo socorrerlos? ¿Cómo luchar contra los árabes, asirios, caldeos y medos coaligados todos? ¿Cómo hacer además con un ejército numeroso tan larga y expuesta expedición, ni por mar, ni por tierra? Los vesilianos tuvieron, pues, que limitarse á una estéril simpatía, y se vieron más aislados que nunca del resto del mundo civilizado entonces.
Por fortuna, la civilización de Vesila-Tefeh tenía recursos propios, y muy hondas y vigorosas raíces para vivir aisladamente. Aquellos ilustres escitas-arios no eran sólo guerreros, pastores y labriegos, sino también artistas, poetas, filósofos y hasta teólogos.
De su habilidad artística daba brillante muestra la arquitectura de los muros, casas, palacios y templos de Vesila-Tefeh. ¡Cosa singular y apenas creíble! Aquella arquitectura era el germen, el embrión, la flor primera de lo que hoy se llama estilo gótico. Sin duda el arte de Bizancio y la religión cristiana han influído muy posteriormente en dicho estilo; pero sus inventores fueron los arios de la Escitia, que en sus inmigraciones sucesivas le introdujeron en Europa. La ciudad de Sarmazigetusa, el castillo de Genucla y otros edificios géticos y sármatas, representados en la Columna Trajana, inclinan á Gioberti y al famoso Carlos Troya á creer que los getas, los sármatas y los dácios, descendientes de los escitas primitivos, trajeron á nuestra Europa aquella arquitectura, existente ya, por lo menos, en los antiguos edificios de Deceneo y de Zalmoxis. Digo esto aquí para que se vea que tengo pruebas en favor de todos mis asertos, si bien las pruebas son inútiles, cuando lo sé y lo doy por seguro, merced á la inspiración.