Harto bien noto que me detengo mucho en preparar la escena y en dar conocimiento de mis actores, sin hacerlos salir ni hablar; pero la historia ó el drama que va á representarse, exige tales preámbulos. De otra suerte, bastantes lectores ni se darían cuenta de dónde estaban, ni gustarían de la leyenda, ni tal vez la comprenderían. Por lo demás, yo procuro y procuraré siempre ser muy breve.
Ya he dicho que la ciudad de Vesila-Tefeh estaba en las orillas del Sir. Un puente de piedra unía ambas orillas del río. Los muros que cercaban la ciudad eran altos y gruesos, hasta el punto de que pudiese correr un carro por cima de ellos. Cuatro anchas puertas, revestidas de chapas de bronce, daban entrada á este recinto. Dentro de él estaban las casas de los más nobles y principales señores, un templo en lo alto de un cerro, y no muy distante el alcázar del Rey Tihur. No había calles. Las casas estaban separadas unas de otras por arbolado y jardines. Fuera del recinto de la muralla, que más bien pudiera llamarse ciudadela que ciudad, se extendía la población y el caserío. En torno de cada casa había una cerca, más ó menos grande, y, resguardados por la cerca ó tapia, un huerto, un aprisco para los carneros y ovejas y un tinado para los bueyes.
En el templo había una torre, de forma cúbica, que terminaba en una pirámide cuadrangular, muy aguda. Entre el extremo del cubo y la base de la pirámide, quedaba un espacio hueco, sostenido por cuatro poderosos machones. Del techo de este mirador colgaba, asida á una cuerda, una enorme plancha circular de cierta amalgama metálica, en extremo sonora, la cual, herida por un mazo de plata, daba la señal de alarma, y convocaba á los guerreros.
Lo interior del templo era muy bello. Diez gigantescos pilares sostenían la techumbre. Cada pilar, desde el zócalo hasta lo alto, se asemejaba á un grupo de palmas, cuyos troncos, unidos en manojo, esparcían luego las airosas ramas, formando la bóveda ojival. No había imagen alguna. Sólo había un altar en el fondo, sobre el cual brillaba perpetuamente el hijo del cielo, la emanación de Ahura Mazda, el fuego divino.
En Vesila-Tefeh no había sacerdotes, ó por mejor decir, eran sacerdotes los padres de familia. El rey, como Melquisedec, era el primero de todos.
El dios que adoraban aquellas gentes era el Grande Espíritu, el Ser Supremo, cuya noción no habían ofuscado aún el politeísmo y la idolatría. En un principio, habíanle llamado Teu, ó Dev ó Div. Desde el cisma entre iranienses é indios, este nombre de Div se había aplicado al príncipe de las tinieblas, á los genios negros, á los espíritus tenebrosos. Los Divs, en suma, eran los diablos para los iranienses y para nuestros escitas-arianos. Los sabios de Vesila-Tefeh, conociendo bien la ciencia y la teología iránicas, al principio luminoso, al foco de la luz increada, al Grande Espíritu, en suma, generador de todo bien, le llamaban Ahura-Mazda. Ariman era su contrario.
El vulgo, ignorante de tan altas doctrinas, llamaba á Dios Boga ó Savitar. Daba culto asimismo á los genios buenos ó espíritus que le servían; á las almas de los héroes, á quienes llamaba Anses; al fuego del altar y al Soma ó licor sagrado. El modo de adoración eran sacrificios cruentos, libaciones é himnos. Aun no había otra liturgia ú otro canon que la inspiración de cada sacrificador y de cada poeta.
Delante del alcázar del Rey Tihur hacían guardia constante 60 guerreros escogidos, de las más egregias familias. Todos tenían lanzas, arcos, flechas y una espada corva ó alfanje. Ya servían á pie, ya á caballo, y constituían el único ejército permanente. Verdad es que todos los ciudadanos libres eran soldados, y acudían al llamamiento en caso de peligro.
El alcázar del Rey Tihur era espacioso, cómodo y lleno de regalos y primores. Encerraba en su piso bajo magníficas caballerizas con hermosos caballos, asnos, mulas y cabras; cinco carros elegantes; podenquera, que contaba unas cuantas jaurías de galgos y de podencos; no escasa colección de halcones, gerifaltes neblíes y hasta águilas y buitres adiestrados en la cetrería; anchos corrales poblados de aves domésticas, y un jardín muy lindo. También estaban en el piso bajo las cocinas, despensas y bodegas y las habitaciones de la servidumbre.
Moraba el Rey Tihur en las cámaras altas, donde había grandes salones. Armas colgadas en haces, pieles de fieras, cabezas de venados, de lobos y de osos ornaban los muros.