En lo más recóndito y bello del palacio se encontraba el harem ó gineceo. Los escitas no tenían más que una sola mujer, pero los reyes y los príncipes se permitían (habiendo tomado esta pícara costumbre de los cusitas y semitas más refinados y viciosos), el poseer algunas bellas esclavas.
El Rey Tihur, si bien pasaba ya de los cincuenta años, no se había casado nunca y carecía de sucesión legítima. Un hermano suyo debía heredar el trono, previo el consentimiento y aclamación de los nobles y libres vasallos.
Ni las esclavas que habitaban el harem ni las más gentiles y nobles doncellas de toda la Escitia habían herido jamás el corazón del Rey Tihur, ni excitádole al matrimonio. Fuerza es confesar, sin embargo, aunque redunde en desdoro suyo, que el Rey Tihur había sido y era aún, á pesar de sus años, muy aficionado á mujeres. Este era casi su único defecto. Por lo demás, era tan llano, tan justo, tan valiente, tan generoso y tan benévolo que todos sus vasallos le querían de un modo entrañable.
Considere, pues, el pío lector lo afligidos que estos vasallos andarían al empezar nuestra narración. El Rey Tihur se hallaba aquejado de una melancolía profunda, misteriosa, invencible.
Encerrado en su estancia sólo se dejaba ver de su fiel esclavo favorito Amrafel, negro como la endrina y fiel como el oro. Hombres versados en la ciencia y arte de curar habían acudido con hierbas, conjuros y versos mágicos, mas el rey no había querido recibirlos.
En Vesila-Tefeh no se hablaba más que de aquella extraña dolencia. Preguntábanse unos á otros:
—¿Qué tendrá el rey?—pero nadie daba contestación satisfactoria.
III.
La profunda melancolía del Rey Tihur no tenía causa conocida. Era el mal de moda en nuestro siglo; pero entonces, aunque no se hablaba tanto de este mal, no era menos frecuente. En las primeras edades del mundo hubo, como en nuestra edad del vapor y del magnetismo, corazones con un amor sin objeto, con un afán vehemente de admiración y de adoración, sin hallar nada digno de ser admirado y adorado; con un vacío infinito en la existencia que nada puede llenar; con un ideal vago é irrealizable; con un empeño loco de dar tan noble y elevado fin á la vida, que todo lo que no es este fin parece vanidad y miseria.
La diferencia entre ahora y entonces, lo que induce á creer á los que miran superficialmente las cosas que el mal de que hablo es más general en el día, estriba en una mera figura retórica: en el eufemismo. El que por feo, por tonto ó por poco listo, no es tan atendido y considerado como él cree que merece; el que no llega á la posición á que aspira; el que se aprecia y tasa en mucho más de lo que dan por él; y muy singularmente el que tiene menos dinero del que necesita, y sabe gastarle y no sabe adquirirle; todos éstos y no pocos más que adolecen de otros achaques prosaicos, se atribuyen en el día el mal poético y sublime del Rey Tihur. Ellos se curarían, y en efecto suelen curarse de su hastío y desesperación byroniana, ya con un empleo, ya con unas cuantas monedas, ya con una Gran Cruz, ya con un título de Marqués ó de Conde; pero, mientras esto no llega, se colocan en el número de los desesperados y de los seres superiores no comprendidos, y se declaran ejemplos vivientes de las amarguras que pasa el genio y de la estupidez y ruindad del vulgo para con él.