No era así el Rey Tihur. Su desesperación y su aburrimiento eran de buena ley, y, por consiguiente, incurables.

Los ejercicios violentos de correr á caballo y de cazar fieras no mitigaban su dolor. En medio de las mayores agitaciones corporales su alma estaba fija en la causa de su tormento. La fatiga rendía su cuerpo, pero no rendía su espíritu. Hasta en sueños, el mal del espíritu le perseguía y con nada acertaba á alejarle de sí.

Una mañana, poco después de levantarse, hallábase el rey en su estancia más reservada y retirada. Cualquiera de nosotros, si estuviese tan aburrido como él, tendría un cigarro, un libro ameno, un periódico para distraerse. En tiempo del Rey Tihur no había nada por el estilo.

Estaba, pues, el Rey Tihur sentado en un enorme banco de roble, cubierto el banco de una piel de oso y de varios almohadones. La ocupación del rey era echar los dados de un cubilete y meditar sobre los caprichos misteriosos del acaso. Entonces entró en la estancia el esclavo favorito Amrafel, único que tenía permiso para ello, y se entabló el siguiente coloquio.

Conviene, empero, antes de transcribirle aquí, dar una idea ligera del aspecto y traza de ambos interlocutores.

Amrafel tendría de treinta á cuarenta años de edad, y ya hemos dicho que era negro; de menos que mediana estatura, pero muy fornido. El fuego de sus ojos y la extraordinaria blancura de sus dientes resaltaban sobre lo atezado de su rostro. Nacido y criado Amrafel en Ur, se había instruído en todas las ciencias y supersticiones de los caldeos, y sabía mucho de astrología y de magia. Cuando Ur cayó en poder de los asirios-semitas, Amrafel fué vendido como esclavo á unos mercaderes de Colcos, los cuales le revendieron al Rey Tihur, de quien ahora gozaba toda la privanza.

Estaba vestido Amrafel con una túnica de lana obscura, ceñida al talle por un talabarte de cuero de búfalo, de cuyos tiros colgaban una ancha espada, á la izquierda, con vaina y puño de plata, y á la derecha un largo puñal, cuyo puño y vaina eran de plata también. Traía los brazos desnudos hasta los hombros, y en los brazos sendos brazaletes. Llevaba en las orejas zarcillos, y en la vestidura, hasta la misma fimbria ú orla inferior, varios cascabeles ó campanillas, que sonaban al andar, y que eran, asimismo, de plata, como los brazaletes y zarcillos. Ya se entiende que dichos cascabeles ó campanillas no eran adorno de bufón, sino signo de dignidad palatina y de jerarquía elevada. Por esto, sin duda, ha quedado entre nosotros el designar á cualquiera señor muy respetable y encumbrado, llamándole un señor de muchas campanillas. Llenos de campanillas iban siempre los levitas ó sacerdotes hebreos, y aun ahora, en la iglesia griega, están cuajados de campanillas sonoras los trajes más ricos y vistosos de los obispos, archimandritas y patriarcas.

La cabeza de Amrafel estaba descubierta, dejando ver un pelo negro, corto y muy rizado, aunque no tan áspero y crespo como la lana ó pasas de los negros del Africa Occidental. Amrafel calzaba, por último, elegantes sandalias, y empuñaba en la diestra una pértiga de marfil, muestra de autoridad. Era como el pertiguero ó maestro de ceremonias del palacio; algo parecido á lo que Jenofonte y otros autores llamaron posteriormente esceptuco en la corte de los acheménides.

Al entrar, Amrafel no saludó al rey, prosternándose al uso de los asirios y caldeos, sino que, según la costumbre más noble y altiva de todos los pueblos arianos, desde los indios hasta los celtas, describió lo que llaman en sánscrito un pradakshina, ó dígase trazó un círculo ó arco de círculo, presentando siempre al rey el lado derecho. Luego se paró silencioso enfrente de su amo.

Este jugaba solo á los dados; juego prehistórico. Sus ropas eran de finísima lana negra, ceñidas á la cintura por una faja de seda roja. Los borceguíes ó coturnos, de cuero bien curtido, eran rojos también. La rubia y larga cabellera del rey, que ya empezaba á encanecer, estaba recogida por ínfula asimismo de seda roja. Era el Rey Tihur alto y robusto, ancho de hombros, y de pecho dilatado. En sus piernas, que hasta el muslo se veían desnudas, se dibujaban con brío todos los músculos, cuerdas y tendones.