Sobre la pujante cerviz estaba gallarda y airosamente colocada la cabeza, bien proporcionada y hermosa.
Los ojos del rey eran azules y ardientes, aunque velados por una triste y amorosa expresión; y su boca, pequeña, á lo que podía descubrirse entre la barba y el bigote, poblados y luengos. La tez era sonrosada y blanca, á pesar de que el sol y la intemperie le habían dado un barniz ó baño dorado; una especie de pátina semejante á la que imprime el tiempo en los monumentos de mármol blanco de Andalucía, Sicilia y Grecia. En fin, el perfil de la nariz y de la frente era tan correcto y majestuoso, como imaginamos que debió serlo el de la nariz y la frente del Júpiter de Fidias.
Durante un breve rato no advirtió el rey la entrada de Amrafel; tan ensimismado estaba. Alzó, por último, la cabeza; vió á Amrafel y rompió el silencio de esta suerte:
—Siéntate á mi lado; deseo hablarte con reposo.
Amrafel se sentó respetuosamente en un escabel, á cierta distancia.
El rey prosiguió:
—Tú no ignoras mi mal, Amrafel, pero no aciertas con el remedio, ni yo creo que le tiene. Me cansa la vida, y no quiero morir. No puedo persuadirme de que no hay nada más allá de esta vida. ¿No crees tú, como yo creo, que después de la muerte queda de nosotros una sombra leve y vaporosa, que tal vez vaga por la noche en torno del sepulcro, que tal vez se levanta en el aire tenebroso y recorre volando muchos espacios, pero cuya vida es incompleta y horrible, por lo mismo que esta sombra conserva el pensamiento y la memoria, y no puede ver la luz del claro día?
—Lo que pasa después de la muerte es un misterio,—respondió Amrafel;—pero lo natural en el hombre es creer en una existencia ulterior é imperecedera.
Yo he peregrinado mucho, he hablado con hombres de todas las naciones y castas, y todos creen en esa vida ulterior, aunque explicándola de diverso modo.
—¿Te satisface alguna de esas explicaciones?