—Ninguna, por completo; y menos que ninguna la de aquéllos que del aniquilamiento y del endiosamiento hacen una misma cosa. El entender y el querer son esencialmente distintos. Por el entender bien podemos confundirnos con la inteligencia infinita, y perdernos en ella como una gota de agua se pierde en el mar; pero la voluntad es un centro individual irreductible. Mientras más se educa y se levanta la inteligencia humana, más se identifica y confunde con toda inteligencia; más se acerca á la inteligencia única de que proviene. Por el contrario la voluntad; mientras más se educa y se levanta, por más que se someta y se conforme á los decretos eternos, más se determina y se aisla; más se individualiza y distingue. Tiene la voluntad su centro en sí, y en su desarrollo no hace sino marcar con más energía este centro; mientras que el entender tiene su centro fuera de nosotros. Es un centro universal donde concurrirían y se perderían todas las inteligencias, reduciéndose á perfecta unidad, si en el querer de cada individuo no se cifrase la indestructible diferencia. La voluntad es el ser que nos hace sobrevivir en el reino de las sombras: la forma, el ídolo, el fantasma nuestro es la voluntad.

—Mi pensamiento está de acuerdo con el tuyo, en el modo de considerar la vida futura. Yo concibo que un puñal, un veneno, cualquier agente capaz de romper la máquina de mi cuerpo, puede separar las partes que le constituyen y volverlas á los elementos de que salieron para que compongan otros seres. Lo que no concibo es que mi forma desaparezca. Este no sé qué, que me hace ser yo y no ser otro, no perece. Mas, ¿en qué consiste este no sé qué?

—Debe ser una substancia sutilísima; algo como aire ligero.

—Tan sutil debe ser, que dudo mucho de que nuestros sentidos perciban jamás las sombras. ¿Crees tú, que podemos verlas, oirlas, sentirlas de algún modo, comunicar con ellas?

—Creo que sí; pero de un modo imperfectísimo. En esta vida mortal nos comunicamos por medio de la palabra, que estremece el aire y hiere el oído. La palabra de las sombras debe estremecer otro ambiente más raro y debe herir otros sentidos más agudos y perspicaces. El lenguaje de las sombras debe ser, por último, más compendioso y rico. Su concisión y energía maravillosas.

—¿Cómo explicas, entonces, la evocación? ¿Acaso no crees en la evocación de las sombras?

—No tan sólo creo, sino que me juzgo capaz de evocarlas.

—¿Y cómo podrás ponerme en comunicación con los muertos?

—Sobreexcitando tus sentidos, dándoles mayor perspicacia y penetración; pero, aun así, confieso humildemente que sólo podrás entenderte con las sombras por un estilo rudo y grosero. La palabra verdadera de las sombras jamás la oirás mientras vivas; su lenguaje será ininteligible para tí mientras conserves ese cuerpo que hoy tienes.

—De suerte—dijo el Rey Tihur,—que si sólo por estilo grosero y rudo pueden las sombras hablar conmigo, ¿cómo ha de ser que me descubran nada de los misterios de su vida; que me infundan nuevas ideas, inefables, sin duda, en el lenguaje en que sólo hablan conmigo?