—¿Y de quién has de tener celos, oh amabilísima entre las mortales? Todos aquellos senos de mi corazón, donde cabe aún el amor de los seres visibles, están henchidos de tu nombre, están sellados con tu imagen, y están encendidos en el fuego de tu mirada. No te niego, ni nunca te negaré, que en lo más noble de mi ser, en lo más elevado de mi alma, hay otro amor superior al que me inspiras; pero este amor, lo mismo aquí que muy lejos de aquí, te será siempre contrario. Por este amor no te pertenezco. Por este amor no soy tuyo. Pero, ¿acaso puedes tú tener celos del objeto vago é inexplicable de este amor?

—Y ¿por qué no he de tenerlos? Contigo soy muy humilde, como tu esclava debe ser, pero soy soberbia con los otros. No hay peri, no hay ninfa, no hay genio, no hay espíritu que juzgue yo más noble y más bello que el espíritu que anima mi ser, cuando en tu amor se diviniza y hermosea. Si quieres entenderte con el espíritu sólo, si quieres ahondar en los misterios que nos circundan y donde no penetran nuestros groseros sentidos, toma un puñal y mátame. Libre mi espíritu de esta ciega prisión, no será sordo á tus evocaciones ni rebelde á tu mandato. Mi voluntad amorosa tendrá fuerza bastante para quebrantar las leyes de naturaleza; para traspasar los límites del reino de las sombras; para llegar hasta tí; para acariciarte y besarte en el mismo centro del alma; para decirte lo inefable; para narrarte lo inenarrable y para traer á tu conocimiento las ocultas verdades, rompiendo el sello que las encubre. Mátame, y ya verás cómo el lazo con que el amor me liga á tí no se rompe, y cómo se abre para tí el reino de las sombras, en el que tendrás una esclava.

Ciertamente que á tan enamoradas frases era difícil contestar. No había otra contestación que cortarlas con un beso; que cerrar con los labios los labios de que salían.

Así lo hizo el Rey Tihur, exclamando después de una breve pausa:

—La culpa es mía; indudablemente la culpa es mía. Fue un egoísmo feroz el que me incitó á hacerme amar de tí, que eres una niña. Yo soy un viejo de corazón gastado, y apenas si puedo darte nada á trueque de los inagotables tesoros de amor que tu alma guardaba y que tomé para mí. Los robé miserablemente, pues nada puedo darte en cambio. No, Peridot, yo no te amo como tú me amas, ni lograré amarte nunca. Esta sola consideración me induciría á partir, aun cuando no hubiese otra. Tal vez la ausencia te curará del amor inmerecido que he llegado á inspirarte. Olvídame; haz cuenta de que no existo y consagra á otro hombre ese amor que yo sé estimar, pero no pagar. Las puertas del gineceo están abiertas para tí. Eres libre; válete de tu libertad.

Al oir esto Peridot, rompió en desconsolado llanto y en ternísimos sollozos; tibias y claras lágrimas se deslizaron por sus mejillas de rosa; y su cabeza, como flor que agosta el sol de estío, se inclinó lánguida sobre el pecho del Rey Tihur.

—Yo soy tu esclava—prorrumpió;—yo quiero ser y seré siempre tu esclava. La cadena con que me has atado es más dura que el diamante, más poderosa que la muerte. Ames ó no á Peridot, Peridot te amará con inmortal cariño.

Al decir esto, desató la cinta que sostenía los cabellos sobre su frente, y suspendió en ella dos pequeños discos de oro que antes estaban ligados á sus brazaletes por unas argollitas. Los discos podían unirse por medio de resortes. Arrancando luego de su peinado varias hojas de hiedra, las puso y encerró entre los discos, y ató la cinta de que pendían al cuello del Rey Tihur.

—La hiedra—dijo—es símbolo de mi amor, de la fuerza que á tí me liga. Sea esta joya un talismán que te traiga venturas, que te preserve de males y que te recuerde mi afecto.

El rey prometió á Peridot llevar siempre sobre el pecho aquel talismán; y, si bien era poco aficionado á jurar, juró amarla con fidelidad, juró no amar á otra mujer más que á ella.