Peridot era una preciosa criatura, y bien se podía dudar de que entre los seres sobrenaturales con quienes Tihur buscaba trato, entre los izeds, anses, amschaspands, apsaras, peris y genios, hubiera nada más lindo y gracioso, ni más vivo, y al parecer más inteligente. Cualquier otro hombre que no fuese el Rey Tihur juzgaría que no era deseable más íntima comunicación con las cosas divinas que la que podía tener por medio de aquella muchacha; que en sus labios podía beber la bebida de los dioses, y que la luz de sus ojos podía iluminarle con la luz y el fuego del cielo.

Una estola de finísimo y blanco lino velaba apenas las delicadas formas de Peridot. Sus cabellos eran rubios como el oro. Una cinta azul los sujetaba en parte sobre la frente pequeña y recta, desprendiéndose airosamente algunos leves rizos sobre las sienes y el cuello. La gran masa de la abundante mata de pelo estaba levantada por todos lados y recogida en la cima de la cabeza, donde, entrelazada con hojas de hiedra, formaba un corymbo elegante. Las mangas, anchas y cortas, dejaban ver los bien torneados brazos, ornados de brazaletes de oro. Calzaba Peridot finas sandalias, que descubrían los menudos pies. En el ambiente que la circundaba y en el aire que agitaba y rompía al pasar, no se sentía perfume artificial ni esencia de flores, sino un aroma tenue y deleitoso de juventud, de salud y de limpieza; una frescura beatífica; algo de magnético, luminoso y risueño.

Tendría Peridot de 18 á 20 primaveras, y todo su cuerpo era de una corrección admirable de dibujo. Si de la cara no se podía decir lo mismo, sus facciones ganaban en gracia, animación y hechizo, lo que en regularidad perdían. La nariz, algo recortada y levantada por abajo, prestaba á toda su fisonomía cierto carácter de infantil petulancia; sus grandes ojos azules estaban llenos de pasión y desenfado; sus labios, un poco gruesos, tenían el lustre sano y el color rojo de las cerezas en sazón, cuando aún están en el árbol, húmedas con el rocío de la aurora; y su boca, en verdad, no muy chica, entreabierta casi siempre por una sonrisa franca, dejaba ver dos hileras de dientes blanquísimos, iguales y apretados, bien puestos sobre las frescas y coloradas encías, adonde no se acertaba á comprender que hubiesen tocado jamás alimentos terrenales, sino el néctar y los elíxires de que viven las peris y las apsaras.

En el primer abrazo y en la efusión de cariño que hubo de sucederle, tal vez olvidó el Rey Tihur su aspiración á lo sobrehumano y su ansia de penetrar los grandes misterios; tal vez desechó su enfermedad sublime, su hastío del mundo visible y su amor del invisible. La verdad es que nada de esto habló, ni nada se habló de ninguna otra cosa. En ciertos momentos no hay palabra de ningún idioma conocido, por suave y regalada que sea, que baste á expresar lo que se siente, que no lo profane al querer expresarlo. Por esto el Rey Tihur y Peridot se callaban. Tal vez pensó entonces el Rey Tihur que aquello sólo podía expresarse en vocablos monosílabos; con algo como rudimentos é interjecciones, que han de pertenecer, sin duda, al lenguaje de los espíritus, y han de ser como el a b c del habla celestial.

Una hora después, reclinada Peridot sobre mullidos almohadones, y teniendo junto á sí al Rey Tihur, le hablaba de esta suerte:

—¡Ingrato! ¡Cruel! ¿No eres aquí dichoso? Por qué te vas y me abandonas?

—Así lo quiere mi destino,—respondió el Rey Tihur.

—¿Y por qué, ya que es inevitable tu partida no me llevas contigo? ¿Crees tú que no tendré valor para arrostrar á tu lado todos los peligros, para exponerme á todos los azares y para sufrir y resistir todas las fatigas? Semíramis, la reina de Asiria, he oído contar que inventó un traje elegantísimo, un traje guerrero y viril que le sentaba lindamente, y en este traje acompañaba siempre á su marido en todas sus campañas, peregrinaciones y conquistas. ¿Por qué no me dejas imitar en esto á Semíramis? Me siento muy capaz de imitarla.

—No puede ser, mi querida Peridot, replicó el rey. Tú ignoras lo expuesto, lo difícil, lo terrible que es el viaje que voy á emprender. El cansancio te rendiría; el sol y el viento ajarían y marchitarían tu hermosura. Consérvame tu hermosura y consérvame tu amor para cuando yo vuelva. Mi vuelta será pronto, y no puedes darme mayor prueba de afecto que esperarme tranquila.

—¿Y cómo he de estar tranquila, si me consumirá el deseo de tu amor y los celos me abrasarán el alma?