Amrafel, que era listo y eficacísimo, dió las órdenes oportunas, y todo se hallaba dispuesto para la partida á las pocas horas de haberla decidido el rey.

Su hermano Arioc y algunos de sus grandes vasallos trataron de disuadirle de que emprendiese aquella expedición; pero todo fué en balde.

Los negocios se arreglaron como era justo, y Arioc quedó nombrado lo que llamaríamos ahora Regente del Reino.

Cuando se esparció la noticia de que el rey se iba, todos los habitantes de Vesila-Tefeh, entre quienes el rey era idolatrado, dieron muestras del más vivo y doloroso sentimiento.

Las esclavas del gineceo se afligieron también; pero se resignaron pronto con la ausencia de su señor, quien, por lo general, les hacía poquísimo caso. Sólo una, á quien apellidaban Peridot, como si dijéramos hija de una peri, amaba al rey con entrañable cariño, y no podía conformarse con su ausencia. El rey también la amaba, como parece que sólo podía amar á una criatura terrena aquel corazón herido y aquella alma que ardía en sed de lo sobrehumano.

La noche víspera de la partida del rey, cuando ya las tinieblas habían encapotado el cielo y todo el alcázar estaba en calma y reposo, Peridot se envolvió en un manto obscuro, y tomando en la mano una lámpara, cuya luz estaba alimentada con oloroso aceite, se dirigió á la estancia de su dueño, que sin duda la aguardaba.

Hallábase distraído el Rey Tihur en sus meditaciones, y como Peridot andaba con pasos ligeros, que apenas se oían á pesar del silencio nocturno, el rey no la sintió llegar. Dió Peridot un leve golpe en la puerta cerrada de la estancia, y el rey, como quien despierta de un sueño, dijo maquinalmente:

—¿Quién es?—aunque bien sabía que era ella.

—Soy yo; tu sierva Peridot—respondió una voz argentina.

Abrió Tihur la puerta, y volvió á cerrarla no bien entró la esclava. Ésta colocó en seguida la lámpara sobre un pie ó candelabro que había en un ángulo; dejó caer el manto que la cubría y se echó en los brazos del rey.