—¿Quién irá contigo?
—Irás tú; irán treinta de los sesenta guerreros de mi guardia; cuatro pastores, con veinte vacas y cien ovejas; mis dos mejores perros y mis dos mejores halcones; diez mulas cargadas de riquezas y presentes que sacarás de mi tesoro; otras cuarenta con todo género de vituallas y refrescos; algunas tiendas de campaña; mi caballo negro de montar y mi carroza de viaje, tirada por dos zebras poderosas, y treinta esclavos ágiles para que nos sirvan. Todo esto ha de estar pronto, antes de que mañana despunte la aurora.
Al oir las últimas palabras del rey, se alzó Amrafel de su asiento, y dando con el cuento de su pértiga ebúrnea un golpe en el suelo, dijo:
Sin más explicaciones, salió Amrafel de la estancia.
IV.
En nuestra Edad Media cristiana, los villanos eran tan humildes y andaban tan mal armados, que un solo caballero, con buena armadura, podía y solía alancear á millares de hombres; y un pequeño escuadrón de caballeros podía y solía conquistar todo un reino y hacer tales proezas é insolencias, que justificasen las que refieren los Libros de Caballerías. Había, además, en nuestra Edad Media, mayor población y más recursos. Nunca ó rara vez faltaba un castillo ó una posada donde albergarse cuando llegaba la noche, ni algo de comer y de beber que, de grado ó por fuerza, robado, comprado ó generosamente ofrecido, pudiera satisfacer la sed y el hambre de un caballero. No se ha de extrañar, pues, que no ya caballeros particulares, sino á veces hijos de reyes y hasta reyes, saliesen solos de su casa, salvo la compañía de algún escudero leal, y recorriesen mucha parte del mundo buscando aventuras. Pero más tarde, cuando los villanos y rústicos sacudieron de sí aquella mansedumbre y aquel hábito de sumisión á que la dominación romana por largos siglos los había acostumbrado, y cuando la humildad evangélica dejó de ser entendida por ellos tan á la letra, ya empezó á ser difícil el salir sólo un caballero en busca de aventuras, por bien armado que estuviese; y ya se expuso todo caballero, por valiente que fuese, á ser apaleado, herido ó muerto.
En tiempo del Rey Tihur, la dificultad y el peligro subían de punto en absoluto, y más aún si se atiende al aislamiento de Vesila-Tefeh. Lejos, pues, de parecemos demasiada la comitiva que el Rey Tihur quería llevar consigo, y muchas las provisiones de toda laya que había ordenado disponer, deben parecemos pocas é insuficientes para tan difícil empresa.
Bajando por la ribera del Aral, unido entonces al Mar Caspio, nada había que recelar entonces hasta llegar cincuenta parasangas ó leguas al Sur de Vesila-Tefeh. Todo el país estaba lleno de preciosas aldeas, donde vivían felices los súbditos de Tihur; los campos estaban bien cultivados, y los ríos tenían puentes de barcas ó de piedra: mas, al llegar al sitio indicado, cambiaba completamente el aspecto del suelo. El río Djan-Deria, hoy seco ó perdido bajo las arenas del desierto de Kizil-Cun corría entonces caudaloso con grande ímpetu á precipitarse en el mar, en aquel sitio, donde no había puente para pasarle.
Si bien, según he dicho, el Imperio de Vesila-Tefeh se extendía hasta el Oxo ó el Amú-Deria, entre el Djan-Deria y la ciudad de Vesila-Kara, célebre entonces por sus grandes minas de oro, que aun en tiempos modernísimos han excitado la codicia del Zar Pedro el Grande, había un inhospitable desierto de unas 40 leguas de largo, que se llama hoy Kizil-Cun. Una vez atravesado este desierto, desde Vesila-Kara, caminando hacia el Sur, el país era fertilísimo, poblado y hermoso, hasta cerca del Oxo; por el Oriente lo era también hasta donde hoy está Samarcanda, sobre poco más ó menos; pero más allá, había montañas ásperas, nuevos desiertos arenosos y regiones selváticas, por donde vagaban los corasmios y otras gentes fieras: todo lo cual separaba las posesiones del Rey Tihur de la santa ciudad de Bactra ó Zoriaspa. Véase, pues, si tenía sobrada razón el Rey Tihur para hacer tamaños preparativos.