—No sospeches, señor, que es lisonja cortesana lo que voy á decirte. Más vales y más mereces. Digno eres de que lo divino venga á tí durante la vigilia y de un modo claro, no entre los vapores de un ensueño ó en la alucinación medrosa que produce la fuerza mágica de ciertos filtros ó de ciertos linimentos y pociones que yo poseo. Pero las sombras, los espíritus no ceden á un capricho; no se revelan á fin de satisfacer una mera curiosidad. Proponte un fin grande y sublime y ellos acudirán entonces.
—¿Quién te dice, exclamó el Rey, que yo carezco de ese fin grande y sublime? Si en esta torpe lengua humana no acierto á formularle, ¿crees tú que no está en mi mente, claro y limpio y formulado, y que los espíritus no podrán leerle en ella?
—Aun así, ¡oh Rey! menester será que hagas cuanto en lo humano sea posible para realizar ese fin. Sólo, entonces, si el fin es bueno, y si es, además, humanamente irrealizable, alcanzarás acaso bastante merecimiento para que los espíritus se te aparezcan y te den su sobrehumano auxilio.
Calló Amrafel, y el rey Tihur quedó también por algunos instantes en muy hondo silencio. Vuelto á lo que le rodeaba, después de aquella reconcentración en que había caído, el Rey habló de esta manera:
—Mira, Amrafel, lo que me impulsa á buscar el trato y conversación de los espíritus es todo amor y aspiración no satisfecha: amor de saber y amor de amor mismo. Quiero hallar una hermosura superior á las que he conocido hasta ahora, para que mi voluntad la ame y en ella repose; quiero hallar verdades superiores á las que hasta ahora he conocido, para que mi entendimiento se satisfaga.
—¿Y no adviertes que hay un egoísmo inmenso y un desmedido orgullo en lo que anhelas?
—No niego que le hay, pero no todo es orgullo y egoísmo. Más que en mi propia ventura pienso en la grandeza y prosperidad de mi raza y de todo el linaje humano. Salvo algunos indivíduos, y hablando en general, no puede negarse que la raza á que pertenezco es la más noble de todas. De ella será el imperio del mundo; ella ha de llevar á feliz término toda aspiración y ha de realizar todo bien. Mi raza está muy postrada y humillada. No dudes que volverá á levantarse. Concurrir á este fin es mi deseo. El aislamiento en que vive el pueblo de Vesila-Tefeh le ha hecho olvidar no pocas de aquellas fecundas ideas que nos inspiraron nuestros sabios primitivos antes de separarnos. Otros pueblos de nuestra misma estirpe han conservado mejor aquellas ideas y las han desenvuelto, pero en cambio han viciado su voluntad. Yo pretendo ir en busca de la ciencia de aquellos pueblos, nuestros hermanos, y traerla á nuestro pueblo, que no la posee, si bien conserva la voluntad más pura y más entera. El imperio de Vara ha caído; el descendiente de Djenschid no tiene cetro ni corona. Los asirios y los árabes, á quienes aborrezco, se han enseñoreado en los dominios de Djenschid y de los hombres de la Ley pura. Harto conozco que las fuerzas de Vesila-Tefeh son muy débiles para que yo vaya al imperio de Djenschid como libertador, y no quiero ir á él como pacífico peregrino, pero iré más hacia el Oriente; iré á Bactra; iré más allá; penetraré en la India y consultaré á los solitarios é iluminados penitentes que habitan los bosques frondosos de Dandaka y de Pantchavati, y las risueñas orillas del Lago de las Cinco-Apsaras.
La gloria de aquellos solitarios llena ya toda la tierra.
—¿Á quién dejarás, ¡oh, Rey!, el gobierno de Vesila-Tefeh, durante tan largas y peligrosas peregrinaciones?
—Á mi hermano Arioc—contestó el Rey Tihur.—Tú prepara lo conveniente, pues hemos de partir mañana, al rayar el día.