Por más que picaron á las caballerías y á las reses, no llegaron á la orilla del río hasta bien entrada la noche. Acamparon, pues, en la orilla, y esperaron el alba para pasar el río.

Á fin de que los más pudiesen dormir seguros, vigilaban alternativamente de cuatro en cuatro los guerreros del Rey Tihur, evitando toda sorpresa de fieras ó de bandidos.

Al amanecer, al toque de una trompeta, los guerreros se pusieron de pie y empuñaron las armas; y los siervos y los pastores acudieron á prepararlo todo para el paso del río.

Pronto, con bien afiladas segures, cortaron multitud de álamos, chopos, mimbrones y sauces, de los cuales, entrelazados con cuerdas, que traían preparadas al efecto, formaron seis grandes balsas y las pusieron á flote. En una colocaron el carro del Rey Tihur y sobre el carro subió el rey. Amrafel y doce de sus más bravos guerreros iban acompañándole en la misma balsa. En las cinco restantes, se pusieron todas las vituallas y riquezas que habían traído á lomo las mulas. Para mover las balsas y hacerlas llegar á la otra orilla, aunque cediendo algo á la corriente, iban en cada una ocho ó diez vigorosos esclavos que rompían el agua con largos remos. Además, las mulas más fuertes, atadas á las balsas, tiraban de ellas nadando.

El caballo del Rey Tihur pasó también á nado, llevado del diestro por el escudero Samec. De la misma suerte se aventuraron á pasar otros seis guerreros, con las armas y las ropas de que se habían desnudado, puestas sobre sendas odres atadas á las colas de los caballos. Otros tantos esclavos, hábiles nadadores, iban asidos á las odres é impedían que se volcasen.

El río era por allí muy ancho, y la corriente rápida. Más de una hora tardaron en pasarle, llevados hacia el mar por el ímpetu del agua á más de media legua de distancia del punto de que habían salido. El mar distaba aún otra media legua del punto de desembarque.

Mientras pasaban, dijo Amrafel al Rey Tihur:

—Bueno es, señor, que te apercibas. Presiento que nos aguarda un gran peligro al llegar á la otra orilla de este río. Tú no ignoras cuán perspicaz y penetrante es mi vista. Pues bien; entre aquellas enormes jaras, malezas y zarzales que el violento curso del río nos hace dejar á la izquierda, me ha parecido advertir un movimiento como de muchos hombres emboscados. Tal vez sean ladrones ó piratas iberos y albaneses, que desde las opuestas riberas del mar Caspio, á la falda del Cáucaso gigantesco, aportan á veces hasta nuestras playas en sus ligeras embarcaciones.

No pareció verosímil al Rey Tihur esta suposición, ni fundado el recelo de Amrafel. Sin embargo, se preparó para cualquier evento, y fué el primero que saltó en tierra armado. Siguiéronle Amrafel y los doce guerreros que en la misma balsa venían.

Pronto estuvieron también desembarcadas las vituallas y las riquezas de las otras balsas, como también el caballo del Rey y los seis guerreros que habían venido nadando.