El resto de las fuerzas del Rey Tihur, las reses, los pastores y las acémilas, habían quedado en la opuesta orilla; pero lo más codiciable y precioso estaba con el Rey Tihur.
Las malezas donde Amrafel había creído advertir el movimiento sospechoso, habían quedado muy distantes. Nada se notaba que confirmase la sospecha.
El Rey Tihur mandó á parte de su gente que volviese con las balsas á la opuesta orilla para traer á los que allí quedaban.
VI.
En la orilla del Djan-Deria, á donde había pasado el Rey Tihur, la vegetación era más pobre que en la orilla opuesta. Las rojas y estériles arenas del Kizil-Cun, que el viento atraía por aquella parte hasta el mismo borde del río, quitaban toda lozanía y todo vigor productivo al terreno. Aquellas arenas se han ido extendiendo hacia el Norte con el andar del tiempo, y han hecho cambiar de cauce al Djan-Deria no pocas veces.
En la época de nuestra historia ya he dicho que el Djan-Deria estaba en su desembocadura á unas cincuenta leguas del Sir y de Vesila-Tefeh. El desierto de Kizil-Cun allí mismo empezaba.
Con todo, hasta donde las aguas y el limo fecundante del Djan-Deria solían llegar en las mayores avenidas había hierbas y plantas, verdes y floridas entonces por ser el mejor momento de la primavera.
En torno del sitio donde el Rey Tihur había desembarcado crecían juncos y espadañas, olorosa retama ó gayomba, cubierta entonces de sus flores amarillas, y algunos espinos, tarajes y enebros raquíticos.
Á cierta distancia, hacia la izquierda, el suelo parecía ser menos infecundo, y se alzaba el bosquecillo ó matorral donde Amrafel habría creído percibir el movimiento de gente emboscada.
No bien se alargaba la vista á cien pasos del río, la vegetación desaparecía casi por completo, y apenas se veía sino un llano extensísimo, un mar de arena roja, cuya monotonía sólo alteraban las dunas ó montecillos que solía formar la misma arena movediza.