Á pesar de la tristeza de este paisaje, el aire sereno y puro, el cielo azul y diáfano, el sol que vertía sus rayos espléndidos, alegrando la tierra y dorando el ambiente, y algunas aves, como mirlos y alondras, que cantaban entre las matas, daban cierto encanto agreste á aquel lugar solitario, si bien no pocos grajos y cornejas, que se levantaban á bandadas y volaban hacia el desierto parecían anunciar con sus siniestros graznidos las fatigas y los trabajos que aguardaban allí á nuestros caminantes.

Los dos perros que el Rey Tihur había traído empezaron á ladrar como sobresaltados y á correr husmeando entre los juncos y retamas.

El Rey, en vez de subir en el carro, había montado á caballo, pues á caballo se proponía hacer todas las jornadas del arenoso desierto. Llevaba el Rey en la cabeza un yelmo en forma de tiara recta ó cilíndrica, todo él de bronce bruñido y refulgente. Dos alas, caída á los lados, le cubrían y defendían las sienes y orejas. Vestía una túnica que llegaba á mitad del muslo, toda de piel de cabra ó de estezado, en el cual estaban sobrepuestas infinitas escamas, de bronce también, que formaban una vistosa y fuerte armadura. Los borceguíes y el talabarte eran de cuero rojo. Del talabarte pendían un rico puñal con puño de marfil, que representaba una serpiente, y una espada ancha, grande, pesada y terrible, cuyo puño era de oro, obra de labor pasmosa, donde un sabio artífice ninivita se había esmerado y lucido al figurar un león que estrechaba entre sus garras una gacela. La aljaba, llena de acicaladas flechas, de largos y flexibles juncos, y el arco poderoso, que pocos hombres de entonces y muchos menos de ahora tendrían fuerza para manejar, iban pendientes á la espalda. Las grevas eran asimismo de estezado, revestidas de escamas como la túnica, y ajustadas al tobillo, por cima de los borceguíes, con broches de oro primorosos. Cubrían, por último, los muslos del rey, y llegaban hasta por bajo de las rodillas, unos calzones anchos de lana, que usaron los pueblos del Norte del Asia, según Heródoto, y que los griegos y romanos designaron con el nombre de sarabaras.

Amrafel, á caballo al lado del rey, no vestía ya su traje áulico, sino un traje militar, casi idéntico al del rey, aunque menos rico. Del mismo modo iban los guerreros de la escolta. Sin embargo, en vez del yelmo, en forma de tiara recta, que ornaba la cabeza del rey, tenían capacetes cónicos, sin cresta ni penacho. Todos, por último, llevaban rodelas, y para guarecerse del frío, capas, mantos, ó como quieran llamarse, que cuando no se abrigaban con ellos, iban suspendidos á las ancas de los caballos.

Todos los objetos que habían venido á lomo de las mulas y pasado el río en las balsas, estaban amontonados en la orilla. El rey, Amrafel y los dieciocho guerreros, que ya también habían pasado, formaban un lucido, aunque pequeño escuadrón, y aguardaban á pie firme á que el resto de la caravana pasase.

Las balsas en tanto se alejaron de la orilla del Sur y se encaminaron lentamente á la otra en busca de los que allí quedaban.

Amrafel casi había ya perdido el recelo de un mal encuentro, cuando los perros ladraron otra vez con más ahinco y furor que en un principio. Oyóse entonces un silbido agudo, y cual si fuera convenida señal, vieron el rey y su gente una nube de flechas y de piedras que caían sobre ellos.

—Son bandidos de Iberia y de Albania, como yo temía;—dijo Amrafel al rey.

En efecto, de entre los juncos y retamas por donde habían venido recatándose acababan de salir como unos cincuenta hombres, que con arcos y hondas, á una distancia de mucho más de cien varas, hicieron aquel disparo. Los bandidos vestían trajes de pieles y cubrían las cabezas con sombreros de fieltro, semejantes á los que usaron en Roma los gladiadores tracios. Una pluma de águila adornaba la punta de cada sombrero. El aspecto de los bandidos era feroz y bárbaro.

—¡Á ellos!—exclamó el Rey Tihur, y lanzó su caballo á galope. Amrafel, Samec y los demás le seguían.