Las primeras flechas y piedras no habían herido á ninguno de los vesilianos, los cuales, cubiertos con las rodelas y defendidos por sus armaduras, avanzaban hacia el enemigo. El disparar de las flechas y de las piedras no cesaba un instante; pero Tihur y los suyos no tiraban flechas, sino que con las espadas desnudas iban á dar caza á los bandidos.

Como éstos vieron á los caballos á menos de treinta pasos dispararon con más tino que nunca, y al punto se pusieron en fuga. Á Amrafel le deshizo una enorme piedra parte de la armadura de un hombro. Al rey le tocaron dos flechas, y una se rompió en la rodela, y otra se embotó en las sarabaras. Tres caballos, atravesados por otras tantas flechas, cayeron muertos á poco, haciendo rodar en el polvo á sus jinetes.

En aquel momento, la gente de Vesila-Tefeh se hallaba ya en el mismo lugar donde los bandidos se habían mostrado. Los bandidos, huyendo, habíanse puesto á bastante distancia.

Al caer muertos los tres caballos, pararon un instante los demás del escuadrón. Entonces resonó, á un paso de donde estaban, un alarido salvaje, y de un lado y otro, de entre el taraje y la maleza, salieron de improviso otros treinta ó cuarenta bandidos que allí estaban en acecho. Unos traían largos escudos cuadrangulares y convexos; otros, el brazo izquierdo envuelto en un paño que les servía de escudo; todos empuñaban cuchillos corvos, con el filo hacia dentro y con aguzada punta, semejantes en la forma á los colmillos de jabalí. Era el arma que usaron posteriormente los tracios y otros pueblos bárbaros del Norte. Los romanos la llamaron sica, de donde proviene el nombre de sicario. Agachándose con esta arma, el que sabía manejarla asestaba á su contrario el golpe de abajo arriba, á fin de abrirle el vientre.

El Rey Tihur, con más rapidez que lo que podemos tardar en decirlo, comprendió el gravísimo peligro en que se hallaba. Él y los suyos estaban cercados de enemigos. Los que habían ido huyendo, para traerlos hasta aquel sitio, iban también á caer sobre ellos. Aguardar á caballo á los bandidos, que se deslizarían y meterían hasta entre las piernas de los caballos y los matarían con sus terribles cuchillos, era exponerse á morir sin gloria y sin completa venganza. Abrirse camino por entre los bandidos y salir á escape de aquel trance, no era difícil, pero era deslucidísimo. Para el Rey Tihur era insufrible la idea sola de huir ante aquellos miserables. Parecíale ver á todos sus gloriosos antepasados, á todos los espíritus de los héroes de su estirpe, empezando por el ilustre Cayumor, que se levantaban airados á fin de atajarle en la fuga. Creía oir las voces de todos ellos que le gritaban:

—Es preferible la muerte.

Todo este razonamiento fué instantáneo; pasó veloz como un relámpago por la mente del Rey Tihur. Pasó tan veloz, que los bandidos que no tenían más que dar un salto para estar encima, no le habían dado aún, cuando el Rey Tihur exclamó con voz serena é imperativa:

—¡Todos á pié, agrupados en torno mío!

No había terminado de pronunciar estas palabras, cuando ya estaba pié á tierra. Golpeó entonces de plano con la espada en la grupa de su caballo, y el caballo dió dos ó tres botes y saltó por medio de los sicarios, derribando á dos que se le opusieron y no lograron herirle. Amrafel y los demás de la banda del Rey hicieron lo mismo con prontitud maravillosa. Sueltos los caballos todos, se lanzaron á galope hacia el punto, en la orilla del río, donde las vituallas y riquezas, el carro, las zebras y algunas mulas estaban bajo la custodia de ocho esclavos, excelentes flecheros.

Algunos, aunque pocos bandidos, se dirigieron en pos de los caballos; pero los ocho esclavos acababan de levantar con los sacos ó cargas una especie de parapeto, y desde allí, resguardados, disparaban sus flechas. Cuatro bandidos cayeron mal heridos por ellas; otros seis ó siete se volvieron á donde estaban sus camaradas, que ya combatían contra el Rey Tihur.