No quedó gota de sangre en las venas y arterias del Rey Tihur que no sirviese entonces de ira. En aquella ofensa hecha á su persona sagrada, vió el Rey una ofensa hecha á toda la raza divina de que descendía. Los manes todos de los reyes gloriosos de Ariana Vaega ó tenían que ayudarle en tan espantosa cuita ó le renegaban por descendiente. El Rey Tihur creyó sentir entonces que penetraban en su ser, y llegaban filtrándose hasta su corazón los espíritus de los héroes de su raza, infundiéndole un ánimo sobrenatural y un coraje indómito.

—No ha de quedar bandido vivo;—exclamó.—Es menester que todos mueran. Yo sólo basto á matarlos. Sus viles cuchillos no llegarán á tocarme. No es posible ¡oh Cayumor! que tú consientas en que muera tu nieto á manos de ladrones.

Diciendo estas palabras, se pensaría que el Rey Tihur habíase transfigurado; que un fuego aterrador brotaba de sus ojos; que un nimbo deslumbrante, que una llama eléctrica ardía en torno de sus sienes, alzándose larga y horrible sobre la desnuda cabeza. Todos los guerreros del Rey Tihur imaginaron ver ó vieron en realidad, aquella portentosa llama, efecto acaso de los espíritus; obra tal vez de un magnetismo extraordinario, ingénito y propio de aquella naturaleza privilegiada, exaltada entonces por una pasión inmensa y vehemente. El ardor de aquella llama encendió los corazones de los guerreros del Rey Tihur. La fuerza y el aliento de cada uno de ellos redoblaron desde aquel instante.

Y sin duda, un prodigio era necesario para poder salvarse de los bandidos. Á pesar de los muertos, la malvada tropa se había aumentado con muchos de los arqueros y honderos, los cuales, juntos ya con los otros, habían también puesto mano al cuchillo y cargaban desesperadamente sobre Tihur y los suyos, brincando como panteras ó arrastrándose como serpientes.

El rey, Amrafel, Samec, cada uno de los guerreros vesilianos dió muerte por lo menos á un bandido en aquella feroz pelea; pero también mordieron el polvo cinco vesilianos más.

Por tercera ó cuarta vez retrocedían llenos de terror los bandidos, cuando los arqueros y honderos todos, sin que faltase uno, vinieron á reforzarlos. También el Rey Tihur tuvo un pequeño refuerzo. Los ocho esclavos, abandonando los sacos, las mulas, el carro y los demás objetos, llegaron en su socorro. La última lucha, más recia, más cruda, más desesperada que las anteriores, se emprendió ya sin que nadie combatiese desde lejos, sino cerrando unos contra otros con sed de morir ó matar.

Los bandidos caían muertos ó heridos, pero su número era seis veces mayor que el de los vesilianos, y éstos empezaron á perder terreno, aunque sin abandonar la formación ni emprender la fuga.

Es cierto que el que hubiera emprendido la fuga hubiera muerto al punto. Con el peso de las armas nunca hubiera podido sustraerse á sus ligeros perseguidores. Aun así, aun conservando la serenidad, el orden y la formación prescripta, pronto murieron dos guerreros más de los vesilianos y dos de los esclavos que habían acudido á socorrerlos. Quedaban sólo el Rey Tihur, Amrafel, Samec, siete guerreros de la guardia y seis esclavos. Trece de los del Rey Tihur habían ya perecido.

Los que habían quedado en la orilla opuesta venían navegando en las balsas, veían la lucha desigual y ansiaban llegar en auxilio del rey; pero la corriente los alejaba del combate y dilataba el tiempo de tocar el borde Sur del Djan-Deria, donde el combate ocurría.

Á milagro pudiera atribuirse que el Rey Tihur, más atacado que ninguno otro, se conservase aún incólume, sin herida ni lesión alguna. Tal vez su mirada tenía fuerza de matar como la mirada del basilisco; tal vez el resplandor de sus ojos turbaba, aterraba, cegaba á sus contrarios; tal vez su majestad tranquila y como celeste, en medio de aquel sangriento tumulto, les hacía perder el tino.