Con todo, el capitán de los bandidos, ó el que parecía serlo como el más audaz y más diestro de todos, se arrojó tan súbito sobre el Rey Tihur, que éste no tuvo tiempo de herirle con la espada, ni de contenerle con la rodela. El bandido, soltando el escudo, echó el brazo izquierdo al cuello del Rey Tihur, le hizo vacilar sobre sus piernas robustas y estuvo á punto de derribarle. Al propio tiempo, y con no vista presteza, le tiró á la garganta una puñalada con toda la pujanza y el encono de que era capaz. Por dicha, el Rey Tihur, aunque cedió un instante á la fuerza de aquel bárbaro, é inclinó la cabeza de suerte que la garganta estuvo á punto de que en ella se clavase el cuchillo, todavía se repuso y echó el cuerpo atrás en ocasión que el cuchillo del caucasiano vino á herirle. El cuchillo, en vez de dar en la garganta descubierta, dió con tal violencia en el pecho del rey, que, rompiendo y destrozando varias de las escamas de bronce, resbaló y llegó á clavarse en un costado. La noble sangre de los héroes del primitivo imperio de Ariana-Vaega y de los reyes de Escitia brotó impetuosa por la herida; pero, casi simultáneamente, el Rey Tihur dió con el pomo áureo de su espada tan rudo golpe en el hombro izquierdo de su contrario, que le volcó de espaldas sobre la dura tierra. Un ruido temeroso hizo aquel bárbaro al caer, como el ruido que hace un roble fortísimo cuando el huracán le arranca de cuajo y le derrumba. Antes de que el bárbaro pudiera levantarse vino sobre él Tihur, con la celeridad del rayo, y con el tacón de bronce de su coturno le acertó tan certera y violentamente en una sién, que la machacó y aplastó como quien aplasta una víbora.

Muerto ya el capitán de los bandidos, todos iban á desbandarse y á emprender la fuga; pero una nube sombría cubrió los ojos del Rey Tihur, y hubiera caído desmayado al suelo, con la pérdida de la sangre, si Amrafel no hubiese acudido á sostenerle en sus brazos.

Los bandidos, al ver que el rey caía, recobraron el aliento y se revolvieron contra él y contra Amrafel. Los vesilianos cercaron al rey para defenderle hasta morir.

Toda esperanza parecía ya locura ó sueño. Amrafel, Samec y los otros vesilianos tenían la perdición por segura é inminente. No les quedaba otro recurso ni otro consuelo que vender caras sus vidas y morir matando.

El Rey Tihur no había perdido el sentido, aunque sí la voz y las fuerzas. No hablaba ni combatía, pero pensaba.

Un pensamiento, tan generoso como amargo, se fijó entonces en su mente causándole más dolor que la herida. Todos aquellos hombres, sus amigos, sus leales servidores, iban á morir ó habían muerto ya por su culpa, por un capricho suyo.

Quizás hallen anacrónico mis lectores este pensamiento, ó mejor dicho, este sentimiento filantrópico del Rey Tihur; pero créanme, no hay ni ha habido jamás anacronismo en esto de sentimientos. Y así como hoy, en pleno siglo XIX, hay reyes que ven impasibles que mueran millares y millares de hombres por su culpa, bien pudo haber entonces un rey tan humano que se afligiese de que unos pocos muriesen por él. Ello es, que Tihur no lamentó su herida ni su posible muerte, sino las heridas y la muerte de los otros, y no consideró que en su época era indispensable exponerse á casos tan crueles, ó permanecer siempre sin salir del alcázar.

Entre tanto, la misma energía de aquel sentimiento de piedad hacia sus compañeros fué como un bálsamo en la herida, é hizo que el Rey Tihur se recobrase un poco. Desprendióse de los brazos de Amrafel y le dijo:

—Defiéndete y déjame.

Á pesar de la sangre que perdía, Tihur no soltó ni el escudo ni la espada, y quedó en pie, después de apartarse de los brazos de su favorito, pero quedó retraído é inerte.