Delante de él combatían Amrafel, Samec y los demás guerreros. Los bandidos, sin embargo, los obligaban á cejar y á irse retirando, aunque sin poder romper fila. El rey cejaba, harto á disgusto, y á pesar de lo débil que se sentía, entraba ya en deseo de volver á ponerse delante y de pelear como los otros, ó más que los otros.
Solicitado por este deseo y por la contraria convicción de la debilidad que le aquejaba, alzó las manos al cielo y evocó con fe profunda los espíritus de sus mayores.
De repente, y como si fuera en respuesta de su evocación, silbó una flecha que vino á clavarse en el pecho de uno de los bandidos y le hizo caer en seguida al suelo, revolcándose en su sangre; un instante después silbó otra flecha y mató á otro bandido. La tercera y la cuarta flecha no tardaron en llegar, causando idéntico destrozo. Quizás una sombra inteligente, un espíritu invisible las disparaba.
Así los bandidos como los guerreros vesilianos atribuyeron á prodigio aquella inesperada intervención. Los guerreros vesilianos volvieron á confiar en la fortuna y pelearon con más denuedo.
Entonces apareció á deshora el arquero diestro y milagroso. Salió de entre las matas cercanas como si del centro de la tierra saliese. Una extraña hermosura resplandecía en todo su ser. Su mirada era dulce y zahareña al propio tiempo. Sus negros ojos eran suaves y terribles, como si á la vez anidasen en ellos el amor y la muerte. Su traje era casi igual al de los guerreros vesilianos, sólo que, en vez de capacete llevaba un gorro colorado en la cabeza. Su talle era esbelto y gallardo; su estatura elevada; marcial su apostura, y su rostro bello y juvenil; negra y sedosa la barba; la tez morena, y todo él agraciado, noble y simpático. Sus cabellos le caían en rizos sobre la espalda.
Con rápidos pasos vino á lanzarse sobre los bandidos. Mientras caminaba, echó á la espalda el arco y sacó de la vaina la espada y el puñal, armadas así ambas manos, y sin escudo. Al mismo tiempo, y arrojándose ya sobre los bandidos, dijo con voz sonora, en el mismo lenguaje ariano que hablaba el Rey Tihur:
—El cielo te protege, ¡oh Rey Tihur!, y me envía aquí para que te salve. ¡Sus y á ellos, oh valeroso Amrafel! ¡Oh fuerte y leal Samec! ¡Oh, vosotros, clarísimos vesilianos!
Al oírse nombrar por aquel desconocido, se corroboraron todos en creer su celestial ó sobrenatural procedencia. Sólo se atrevió á contestarle Tihur:
—¡Bien venido seas y bendito! Tú eres sin duda un ized, un genio, un enviado de Ahura-Mazda.
Aún no había terminado el rey esta frase, cuando ya el desconocido, en medio de los bandoleros, revolviéndose á un lado y á otro, é hiriendo y parando á la vez con la espada y el puñal, causaba más estragos y muertes que un fiero león en un rebaño de tímidas ovejas.