Los bandidos, aterrados, se pusieron pronto en precipitada fuga, en dirección hacia el mar, donde estaban, sin duda, los barcos en que habían venido, junto á la desembocadura del Djan-Deria; pero el resto de la caravana del Rey Tihur acababa de desembarcar y les cortó la retirada.

En tanto, el desconocido, el Rey Tihur, á pesar de su herida, y todos los guerreros vesilianos, empuñaron los arcos y acosaron é hirieron con sus flechas á los que huían. Hasta los perros, que habían estado medrosos é inertes durante la refriega, y sólo cuando fué herido el Rey Tihur habían dado muestra de sí, prorrumpieron en lastimeros aullidos, cobraron valor entonces, y ladrando y corriendo, como en la caza, se pusieron á perseguir á los bandoleros.

El dicho del Rey Tihur casi vino á cumplirse.

—No ha de quedar ninguno vivo—había dicho,—y efectivamente, parecía que no había quedado vivo ni uno solo. Aun los que trataron de esconderse entre la maleza fueron descubiertos por los perros y muertos á flechazos ó á cuchilladas por los vesilianos.

VII.

Todavía andaban los guerreros vesilianos dando caza á los fugitivos ladrones, cuando el Rey Tihur, conducido en brazos de Amrafel y de Samec, había llegado á la orilla del río, donde estaban los sacos y cargas.

Allí, extendido en un lecho que le habían preparado al aire libre, porque las tiendas estaban aún por desembarcar, el rey se dejó curar la herida por Amrafel, que era hombre docto en aquel arte. Amrafel conoció al punto que la herida, aunque ancha, era poco profunda y nada grave ni peligrosa. El puñal había resbalado en vez de ahondar, y había dejado ilesa toda entraña. La causa del desmayo del rey había sido la gran pérdida de sangre, aumentada por los esfuerzos que hizo combatiendo después de herido.

Un personaje singular estaba al lado de Amrafel y le ayudaba en la cura. Nadie había reparado, durante la batalla, en aquel personaje que, sin embargo, se había mostrado en pos del guerrero desconocido; pero, fijas en éste todas las miradas y la atención toda, no había sido vista una vieja, alta y delgada hasta el extremo de asemejar á un esqueleto, la cual seguía al guerrero misterioso.

En el momento de ir á curar la herida al rey, la vieja se ofreció á hacerlo, jactándose de su ciencia. El guerrero misterioso aseguró que de ella podían fiarse.

Iba la vieja con una ropa talar desgarrada, pero que se conocía haber sido rica y elegante. Un manto negro de lana le cubría la espalda, prendido al hombro por un broche dorado. Sus cabellos, blancos como la plata, aunque sostenidos en parte por un cordón, dejaban flotar muchos mechones en desorden y á merced del viento. Sus manos eran tan flacas y tan descarnados los dedos, que parecían transparentes. Sus ojos, pequeños y vivos, lanzaban de sí miradas escudriñadoras; su nariz era aguileña y fina; su boca, sumida y sin dientes, mostraba los colmillos afilados y largos, que asomaban por entre los labios sutiles y fruncidos. Llevaba la vieja un zurrón ancho de piel de tejón, atado al cinto sobre la cadera, y en la diestra un báculo, que más que para apoyarse, aparentaba ser signo de autoridad y dominio, ó vara mágica y de virtudes. La vieja andaba á grandes pasos, firme y derecha como una moza de veinte primaveras, ó más bien como un granadero prusiano de nuestros días, que esté muy ducho en lo que llaman la marcha gimnástica.