En suma, todo el continente de la vieja era raro por demás, y hubiera podido servir de modelo á un hábil artista para pintar ó esculpir la Sibila pérsica ó la Sibila eritrea.
Mientras duró la operación de curar la herida, la vieja hizo visajes y signos con las manos, y murmuró ó rezó en voz sumisa ensalmos ininteligibles. De su zurrón sacó hierbas para restañar la sangre, que Amrafel reconoció, aceptó y aplicó.
Y por último, cubierta ya y vendada la herida, la vieja dió al rey un licor, también con permiso y beneplácito de Amrafel, el cual licor infundió en el rey un sueño grato y delicioso.
Cuando el rey despertó del sueño, se sintió tan aliviado y fortalecido, que pensó en continuar la peregrinación al día siguiente. Ni Amrafel ni la vieja se opusieron, con tal de que fuese el rey en el carro y no á caballo.
Durante la cura terminó la persecución y exterminio de los ladrones, y se acabó de poner en tierra cuanto habían dejado en las balsas los últimos que pasaron el río, á fin de acudir con más presteza al lugar del combate.
Guerreros, esclavos, caballos y acémilas, todo, en suma, se reunió en el mismo lugar. Allí se desplegaron las tiendas y se formó el campamento para reposar aquella noche.
Una comida abundante restauró las fuerzas de todos.
Después de la comida, el rey Tihur llamó á su tienda al guerrero desconocido, y estando á solas con él le habló de esta manera:
—Valeroso joven, tú me has salvado hoy de una muerte vergonzosa. Mi gratitud será eterna. Díme quién eres para que sepa yo á quién estoy tan obligado.
—Mi nombre, ilustre príncipe, es Tidal.