—Sin duda,—añadió el Rey,—que eres de sangre de héroes; de antigua y clara estirpe. No parece que guarde tan soberano esfuerzo el corazón de un hombre plebeyo y obscuro.
—En verdad,—replicó Tidal,—yo me inclino á creer, como tú, que la grandeza de ánimo y la virtud se heredan. De esta suerte se explica que los hombres todos se mejoren, añadiendo los que nacen después á la nobleza heredada de otros la por ellos adquirida. Si nada heredásemos, si ninguna virtud se trasmitiese por herencia y con la sangre, los hombres de hoy no valdrían más que los de ayer, ni jamás ganaría nada el humano linaje, como yo entiendo que gana. Así, pues, no atribuyo á preocupación de casta tu idea de que debo ser noble de nacimiento, porque me he mostrado fuerte de cuerpo y de alma. Sin embargo, la ley no es general. Castas hay que degeneran y otras que se levantan y magnifican. La virtud que en una familia ilustre se extingue y se pierde, renace en otra familia. Tal vez esta virtud, trasmitida por algún héroe, progenitor mío, ha estado latente ú obscurecida largo tiempo por la bajeza en que había caído mi familia, ó por otras causas que no acierto á exponer, y ahora renace en mí; que no tengo nombre, ni antecedentes, ni gloria heredada. Yo, Rey Tihur, no soy más que un humilde mercader, hijo de otro mercader humilde.
—¿Eres iraniense ó escita, ó de qué raza ó nación eres? Yo me complazco en suponer y supongo que eres escita por la perfección con que te oigo hablar mi idioma.
—Ignoro si soy ó si puedo decir que soy escita ó iraniense; pero creo que soy ario. Nací y me crié en Nimrud, á las orillas del río Tigris. Mi padre y mi madre, de familia ariana ambos, vivían allí sujetos al dominio de los caldeos-cushitas. Por las conquistas de los hijos de Asur y del poderoso Nino, no consiguieron más que mudar de amo. Antes de salir de la niñez me quedé huérfano de padre y madre. Un fiel servidor cuidó de mí y de mi hacienda hasta que tuve dieciocho años. Entonces aquel fiel servidor me hizo dueño de todos mis bienes, que consistían en un gran tesoro de piedras y metales preciosos, y me dijo que mi destino era cumplir grandes cosas, recorrer muchas tierras y vagar por todo el mundo, hasta que hallase la ocasión propicia de llevar á dichoso fin la gloriosa empresa que por el cielo me estaba encomendada.
—¿Y no te designó esa empresa?
—No me la designó. Ó lo ignoraba él mismo, ó entendía que los decretos de la Providencia no habían de cumplirse sino á condición de que yo los ignorase hasta un momento dado.
—¿No marcó tu ayo ese momento?
—Le marcó y no le marcó. Aquí hay algo que no me es lícito revelar: juré no revelarlo nunca. Sólo puedo decirte que en una cajita cerrada, que llevo siempre oculta en el cinto, y que sólo debo abrir cuando aparezcan ciertas señales, hay un escrito que me dará luz sobre todo. Mi propio ayo ignoraba lo que la cajita contenía. Mi padre se la dió con el encargo de entregármela y yo la guardo siempre conmigo.
—¿Y no recuerdas á tu padre ni á tu madre?
—Apenas conservo de ellos una idea confusa. Los dos, como te dije, murieron siendo yo muy niño.