—Singular es de veras cuanto me refieres. Sospecho que tu padre, bajo el título de mercader, encubría otra condición más alta.

—No me parece eso posible. Los ciudadanos de Nimrud, con quienes he hablado, y que conocían á mi padre, nunca me dijeron de él ni de mi familia nada de extraño ó misterioso.

—Más extraño es eso todavía. Y dime, ¿tu ayo no te aconsejó nada al hacerte entrega de tus bienes?

—Me aconsejó calma y paciencia; me aconsejó no dejarme arrastrar por la curiosidad, ni tratar de averiguar nada sobre mi futuro destino, hasta que la suerte misma dispusiese la revelación. Me repitió mil veces que yo no era más que un mercader; que como un mercader debía considerarme, y que sólo me ordenaba, en nombre de mi padre, que abandonase á Nimrud y recorriese el mundo.

—¿Y sobre tu conducta en el comercio no te dió instrucciones?

—Mi ayo era gran conocedor de los pueblos diversos, de los países más distantes, de sus artes, de sus ciencias y de sus productos; y sobre todo esto, me enseñó cuanto sabía: pero había en él algo entre inspiración y locura, aunque yo no atino á veces á distinguir la locura de la inspiración, y sobre ciertos puntos me dió consejos muy opuestos á los que suelen y parece que deben darse á la gente moza.

—¿Qué te aconsejaba, pues, si te es permitido declararlo?

—En vez de parcidad me aconsejaba largueza y magnificencia. Mis tesoros los juzgaba inagotables, y suponía además que yo había de ganar más mientras más gastase, y que había de recobrarlo todo con creces cuando llegase á perderlo todo.

—Extraña manera fué de aconsejar á un mancebo, por lo común inclinado á ser pródigo.

—Yo fuí espléndido, pero no llegué jamás á la prodigalidad. Por otra parte la suerte me ha favorecido hasta ahora. He peregrinado por casi toda el Asia; he visto las islas del mar del Sur y la India, el Yemen y el Adramaut, el antiquísimo Egipto y la Libia ardiente. Sería prolijo referirte mis aventuras. Sólo importa saber que, á pesar de cuanto he gastado, tengo en lugar seguro un tesoro riquísimo. Creo además, sin jactancia, que he adquirido en mis peregrinaciones una experiencia muy superior á mi edad.